París, Francia.- El país se sumió en una crisis política sin precedentes cuando el primer ministro Sébastien Lecornu, un leal aliado del presidente Emmanuel Macron, presentó su renuncia irrevocable apenas 26 días después de asumir el cargo —y menos de 24 horas tras anunciar la composición de su nuevo gabinete—, convirtiéndose en el jefe de Gobierno más efímero de la historia de la Quinta República, fundada en 1958.
Este suceso, que ha sido calificado por analistas como el clímax de una parálisis institucional que se arrastra desde las elecciones legislativas anticipadas de junio-julio de 2024, no solo evidencia la ingobernabilidad crónica del país —la segunda economía de la zona euro—, sino que también ha desatado una tormenta de críticas bipartidistas, temblores en los mercados financieros y presiones crecientes para que Macron disuelva la Asamblea Nacional o incluso dimita, opciones que el mandatario ha rechazado hasta ahora con vehemencia.
La renuncia de Lecornu, un exministro de Defensa de 39 años conocido por su perfil técnico y su experiencia en negociaciones complejas —incluyendo la gestión de la industria armamentística francesa y alianzas en la OTAN—, fue anunciada en un escueto comunicado del Palacio del Elíseo tras una reunión matutina entre el primer ministro saliente y Macron. «El señor Sébastien Lecornu presentó la renuncia de su Gobierno al presidente de la República, que la aceptó», rezaba el texto oficial, que evitaba detalles pero subrayaba la «necesidad de definir una plataforma de acción y de estabilidad para el país».
En un inesperado giro, Macron encomendó inmediatamente a Lecornu —ahora en funciones de interinazgo— la tarea de liderar negociaciones de última hora con los líderes partidarios hasta el miércoles por la noche, en un intento desesperado por forjar consensos que eviten un colapso total. Fuentes cercanas al Elíseo filtraron que, de fracasar estas charlas, el presidente «asumirá todas las responsabilidades necesarias», una frase que ha avivado especulaciones sobre una posible disolución parlamentaria o incluso elecciones presidenciales anticipadas, pese a que el mandato de Macron se extiende hasta mayo de 2027.
Lecornu compareció ante los medios con un tono resignado pero firme, argumentando que «no se puede ser primer ministro cuando no se dan las condiciones» para gobernar de manera efectiva. Deploró los «apetitos partidistas» que, según él, sabotearon sus esfuerzos por «reinstaurar la gestión conjunta» con interlocutores sociales y construir una «hoja de ruta» para salir de la crisis, particularmente en temas estancados como la reforma del seguro de desempleo y la Seguridad Social.
Enumeró tres razones principales para su salida: primero, la negativa de los partidos a reconocer la «profunda ruptura» representada por su decisión de no invocar el artículo 49.3 de la Constitución —el mecanismo que permite aprobar leyes sin voto parlamentario, usado abusivamente por gobiernos previos y que Lecornu rechazó para fomentar el diálogo—. «Los partidos políticos siguen adoptando una postura como si todos tuvieran mayoría absoluta en la Asamblea Nacional», lamentó, aludiendo a la fragmentación postelectoral donde ningún bloque —el Nuevo Frente Popular de izquierda (182 escaños), el bloque macronista y aliados de centro-derecha (210 escaños) o el ultraderechista Agrupación Nacional (RN, 143 escaños)— ostenta control absoluto.
En segundo lugar, diferenció entre «acuerdos» y «compromisos», insistiendo en que Francia necesita «cambiar nuestra mentalidad y no querer implementar todo el proyecto y programa» de cada formación, ya que durante tres semanas de consultas intensas estuvo «cerca» de un pacto —donde «las líneas rojas se estaban volviendo naranjas y, a veces, verdes»—, pero cada bando exigía que el otro adoptara su agenda íntegra.
Tercero, admitió fricciones internas en la «base común» del Gobierno, compuesta por centristas y conservadores de Los Republicanos (LR), cuya composición —percibida como un «continuismo» con dos tercios de ministros repetidos de gabinetes anteriores, como el controvertido Bruno Le Maire en Defensa— generó deserciones inmediatas.
El domingo, Lecornu había defendido su Ejecutivo como un reflejo de esa «base común que nos sustenta en el Parlamento», destacando su misión de aprobar un presupuesto austero antes del 31 de diciembre para atajar un déficit público del 5.4% del PIB en 2025 —el más alto de la UE— y una deuda que roza el 114% del PIB, cifrada en 3,346 billones de euros (unos 3.9 billones de dólares) a finales del primer trimestre. Sin embargo, el gabinete ni siquiera llegó a celebrar su primera reunión, y ya enfrentaba mociones de censura anunciadas por la izquierda radical y la ultraderecha.
Este colapso no es un hecho aislado, sino el tercer Gobierno minoritario fallido en menos de un año bajo Macron, profundizando una crisis que remonta a las legislativas de 2024 —convocadas por el presidente tras la debacle de su partido en las europeas, donde RN arrasó—. Aquellas elecciones produjeron un parlamento «colgado» sin mayorías viables: el bloque de izquierda (NFP, liderado por La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon) bloquea recortes sociales; los conservadores de LR exigen mano dura en inmigración y austeridad; y RN, con Marine Le Pen y Jordan Bardella a la cabeza, capitaliza el descontento con promesas nacionalistas.
Los predecesores de Lecornu cayeron por similares disputas presupuestarias: Michel Barnier (conservador) en diciembre de 2024 por moción de censura sobre recortes al presupuesto 2025; y François Bayrou (centrista) en septiembre de 2025, tras aprobar el presupuesto actual pero tropezar con el de 2026. Macron, que ha nombrado siete primeros ministros en siete años de mandato, se enfrenta ahora a un dilema existencial: nombrar un octavo (posiblemente un socialista como Olivier Faure propone, para diluir reformas como la de pensiones), disolver la Asamblea —riesgando un triunfo de RN, como advierten encuestas que les otorgan hasta 35% de intención de voto— o invocar cohabitación con una izquierda que diluya su legado proempresarial. Encuestas rápidas postrenuncia revelan que el 75% de los franceses aprueba la salida de Lecornu, y más del 50% culpa directamente a Macron de la parálisis.
La oposición no tardó en alzar la voz con ferocidad. Desde la izquierda, Mélenchon —líder de LFI— exigió la «moción de destitución» contra Macron firmada por 104 diputados, declarando que «el déspota ha sido desenmascarado» y que «el cronómetro ha comenzado» para su salida. Mathilde Panot, portavoz de LFI, clamó por la renuncia presidencial inmediata, mientras Faure (socialista) denunció una «crisis política sin precedentes» y abogó por un primer ministro de izquierda para restaurar legitimidad. En la ultraderecha, Bardella (RN) vaticinó «elecciones en semanas» y acusó a Macron de orquestar un Gobierno «sin margen de maniobra», afirmando que su partido está «listo para gobernar». Del lado conservador, Bruno Retailleau —líder de LR y ministro del Interior en el efímero gabinete— tuiteó indignado que la composición «no refleja el cambio prometido», aludiendo a la falta de «rupturas» en inmigración irregular y seguridad, temas que LR presionó hasta el último minuto. Incluso sindicatos y expertos en finanzas públicas, como los de Commerzbank, advirtieron que el estancamiento fiscal podría elevar la ratio de deuda indefinidamente, con un déficit que se reduciría «lentamente, en el mejor de los casos».
Los mercados, sensibles a la incertidumbre presupuestaria —exacerbada por la reciente rebaja de calificación de Fitch y la inminente revisión de Moody’s—, reaccionaron con pánico inmediato, amplificando la percepción de vulnerabilidad francesa en la zona euro. El CAC 40 de París se desplomó hasta un 3% en la sesión matutina —el peor desempeño europeo, con caídas generalizadas del 0.45% en el Stoxx 600—, arrastrado por el sector bancario: BNP Paribas, Société Générale y Crédit Agricole perdieron entre 4% y 5%, reflejando temores de contagio a la financiación soberana. El euro se depreció un 0.7% hasta los 1.16 dólares, su nivel más bajo en meses, mientras los bonos franceses (OAT) sufrieron una huida masiva: el rendimiento del bono a 10 años saltó 11 puntos básicos hasta el 3.61%, elevando la prima de riesgo sobre los Bund alemanes (triple A) a 86.58 puntos básicos —el pico anual y el más alto desde enero, rozando el máximo de 90 pb de noviembre de 2012 durante la crisis de la deuda soberana—. Analistas de Reuters y Bloomberg coinciden en que esta volatilidad «es predecible» pero «contenida por ahora», aunque advierten de «derrame mayor» si no hay estabilidad presupuestaria, con el riesgo de que Francia opere bajo ley especial manteniendo el gasto de 2025 y un déficit estancado en 5-5.4% del PIB.



