ROMA, Italia. – En un gesto cargado de simbolismo, el papa León XIV recorrió personalmente las catorce estaciones del Vía Crucis cargando la Cruz sobre sus hombros en el Coliseo de Roma, durante la celebración de este Viernes Santo, la primera de su pontificado.
Acompañado por el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, monseñor Diego Ravelli, el cardenal vicario Baldo Reina y los obispos auxiliares de la diócesis de Roma, el Pontífice avanzó paso a paso por el antiguo anfiteatro, iluminado por antorchas y velas, ante más de 30,000 fieles que llenaron el recinto.
El papa Prevost se convirtió así en el segundo sucesor de Pedro en llevar físicamente la Cruz durante todo el recorrido, después de san Juan Pablo II, quien lo hizo entre 1980 y 1994. Según había anticipado días antes desde Castel Gandolfo, su intención era ofrecer “una señal importante”: manifestar que Cristo sigue sufriendo en los dolores de la humanidad actual y elevarlos en oración.
Las meditaciones, preparadas por el padre Francesco Patton, fraile menor y excustodio de Tierra Santa, conectaron la Pasión de Cristo con los desafíos del mundo contemporáneo: las guerras, las fracturas sociales, el abuso del poder y la indiferencia ante el sufrimiento. “Cristo anula el mal con el amor. Quien abusa del poder responderá a Dios”, fue uno de los ejes centrales de las reflexiones, que invitaron a los fieles a encarnar en la vida diaria la fe, la esperanza y la caridad, incluso en medio del “ruido” y las distracciones modernas.
Durante el acto, se proclamaron pasajes evangélicos y se rezó el Padrenuestro al concluir cada estación, mientras los presentes entonaban las estrofas del Stabat Mater. Al finalizar el recorrido, León XIV impartió la Bendición Apostólica.
La ceremonia concluyó con una oración inspirada en san Francisco de Asís, en la que el Pontífice pidió a Dios la gracia de seguir las huellas de Cristo y vivir la existencia como “un camino de participación progresiva en la relación de amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.
Con este gesto, León XIV ofreció una catequesis silenciosa pero elocuente: el camino de la Cruz no es una devoción abstracta, sino una invitación concreta a asumir el sufrimiento del mundo y transformarlo desde el amor.
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