Teherán, Irán — Apenas unas semanas después de la brutal represión que dejó miles de muertos en las protestas masivas contra el régimen, la vida en la capital iraní aparenta haber recuperado la normalidad. Las calles bullen de actividad, los comercios operan y el tráfico fluye como de costumbre. Sin embargo, bajo esta superficie de rutina cotidiana se esconde un profundo malestar: muchos iraníes se sienten atrapados entre la retórica belicista de su propio gobierno y las crecientes amenazas de acción militar del presidente estadounidense Donald Trump.
La reciente ola de protestas, iniciada a finales de diciembre de 2025 y que escaló dramáticamente en enero de 2026, fue aplastada con una violencia sin precedentes. Organizaciones de derechos humanos y fuentes independientes estiman entre 30,000 y 36,500 fallecidos, en lo que se ha descrito como una de las masacres más letales contra civiles en la historia moderna de Irán. El gobierno oficial reporta cifras mucho menores —alrededor de 3,000, incluyendo fuerzas de seguridad—, pero un apagón casi total de internet durante semanas ha impedido verificar la magnitud exacta. Testimonios de sobrevivientes hablan de fuego indiscriminado contra manifestantes desarmados, incluyendo niños, y ejecuciones masivas en las calles.
En respuesta a esta crisis interna, el régimen ha optado por una postura desafiante hacia el exterior. En la Plaza Enghelab (de la Revolución), las autoridades instalaron un enorme cartel de cuatro pisos que muestra la cubierta de un portaaviones estadounidense —claramente inspirado en el USS Abraham Lincoln— cubierta de cuerpos y sangre, con el buque hundiéndose mientras forma franjas reminiscentes de la bandera de EE.UU. El mensaje bilingüe advierte: “Si siembras vientos, cosecharás tempestades”. A pocas cuadras, otro mural rememora la humillante captura de marinos estadounidenses en 2016, con soldados arrodillados y manos atadas.
Esta propaganda oficial coincide con el despliegue naval estadounidense. El portaaviones USS Abraham Lincoln, junto a destructores lanzamisiles, llegó al Medio Oriente —específicamente al mar Arábigo e Índico— a finales de enero de 2026, tras transitar desde el Indo-Pacífico y hacer escala en Guam en diciembre de 2025. Trump ha calificado esta fuerza como una “armada masiva”, afirmando que está “preparada para cumplir misiones con velocidad y violencia si es necesario”. El mandatario ha reiterado que prefiere evitar el conflicto, pero vigila de cerca a Irán, presionando por un nuevo acuerdo nuclear sin armas atómicas.
En las calles de Teherán, la percepción es de desconfianza generalizada. Mahsan, un joven residente entrevistado por CNN, resume el sentir común: “No estoy seguro de qué decir. Creo que todos están colaborando unos con otros contra los intereses del pueblo iraní. Nada bueno sucederá para nosotros”. Muchos ven en las amenazas externas una justificación para la represión interna, mientras temen que una escalada militar solo traiga más sufrimiento.
La visita periodística a Teherán, autorizada por el gobierno, ofrece una ventana limitada a esta realidad dual: una ciudad que intenta recuperar el pulso normal, pero bajo la constante amenaza de confrontación. Mientras el régimen exhibe su poder disuasorio y Trump mantiene la presión, los iraníes comunes pagan el precio de un impasse que parece no tener salida fácil.