La escena tuvo algo de esperpento político. Mientras Felipe Calderón reaparecía en la Ciudad de México para hablar de democracia, libertad y de los riesgos que, según dijo, enfrenta el país, un grupo de extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro marchaba por Paseo de la Reforma con otra cuenta pendiente: la que mantienen desde 2009 con el expresidente.
La jornada del miércoles 30 de septiembre de 2026 comenzó frente al Hotel Marquis, donde se celebraba el Foro América Libre, Unidos por la Democracia. Calderón era uno de los principales participantes. Ante dirigentes de la derecha latinoamericana, sostuvo que México está regresando a una nueva versión de la “dictadura perfecta”, con instituciones debilitadas, un Poder Judicial sin independencia y una creciente amenaza del crimen organizado.
A unos metros del hotel, la respuesta fue mucho menos académica. Integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro protestaron contra el expresidente. Hubo consignas, mantas, huevos, jitomates y forcejeos con personal de seguridad. El motivo estaba perfectamente identificado: Calderón fue quien decretó en octubre de 2009 la extinción de Luz y Fuerza del Centro, una decisión que dejó sin empleo a alrededor de 44 mil trabajadores.
La protesta no terminó frente al hotel.
Los manifestantes anunciaron su siguiente destino: Los Pinos. Y ahí comenzó la segunda escena de esta historia.
En la antigua residencia presidencial permanecía, desde hacía más de un año, la estatua de Calderón. No estaba de pie. Tampoco había sido restaurada. Mucho menos retirada. Había terminado en el suelo después de que un árbol le cayera encima la noche del 24 de julio de 2025. El impacto le rompió la pierna derecha y derribó la escultura de Ricardo Ponzanelli, instalada en 2012 en la llamada Calzada de los Presidentes.
La ironía es que aquella caída accidental ya había convertido a la estatua en una especie de metáfora involuntaria. Durante meses permaneció tirada, expuesta al lodo, las hojas y la intemperie. En noviembre de 2025, cuatro meses después del accidente, seguía en el suelo. La base estaba dañada y la escultura había dejado de ser parte del paisaje solemne de los expresidentes para convertirse en una figura abandonada.
El miércoles, los electricistas llegaron hasta ella.
Lo que siguió quedó registrado en fotografías y videos. Los manifestantes rodearon la escultura, comenzaron a golpearla y utilizaron la propia placa conmemorativa como instrumento para atacar el cuello de la figura. Después de varios golpes, la cabeza terminó desprendida del cuerpo. Algunos de los participantes la levantaron, la llevaron por el recinto y finalmente la golpearon contra el piso.
También circularon imágenes y publicaciones que denunciaron que la estatua fue orinada. UnoTV recogió esa versión a partir de publicaciones en redes sociales, aunque ese extremo no tiene el mismo nivel de confirmación periodística independiente que la decapitación.
El simbolismo fue evidente. No destruyeron una estatua que estuviera de pie. Atacaron una figura que llevaba más de un año en el suelo.
La escena cerró una cadena de circunstancias difíciles de imaginar para un recinto destinado a preservar la memoria presidencial. Primero fue la naturaleza: un árbol derribó al expresidente de bronce. Después vino el abandono institucional: la pieza permaneció tirada durante meses. Finalmente apareció la protesta política y convirtió aquel objeto caído en blanco deliberado de una revancha largamente acumulada.
El contexto explica, aunque no justifica, la furia de los manifestantes.
Claudia Sheinbaum condenó los hechos este jueves. Dijo que puede comprender el enojo de los trabajadores del SME por la desaparición de Luz y Fuerza, pero rechazó la entrada violenta a Los Pinos y la agresión contra la estatua. “No estoy de acuerdo con ningún acto que represente violencia”, afirmó.
Y ahí aparece la parte más incómoda de la historia.
Calderón regresó a México para hablar de democracia. Sus adversarios terminaron hablando con una estatua, pero a golpes. El expresidente acusó desde un salón de hotel que el país se encamina hacia una “dictadura perfecta”; afuera, sus antiguos adversarios sindicales le recordaban una decisión de su gobierno que, 17 años después, continúa siendo una herida política para ellos.
La estatua había caído accidentalmente en 2025. El 30 de septiembre de 2026 cayó de otra manera.
Esta vez no fue el árbol. Fueron las manos de quienes todavía consideran que aquella decisión de 2009 no está saldada.
Y quizá la imagen más elocuente de toda la jornada no sea la cabeza separada del cuerpo, sino aquella figura presidencial que llevaba más de un año abandonada en el piso y que, cuando finalmente alguien volvió a ocuparse de ella, fue para terminar de destruirla.



