Ciudad Juárez, Chihuahua.- En el corazón palpitante del Centro Histórico, donde las luces de la Plaza Juan Gabriel se funden con el eco de tradiciones milenarias, Ciudad Juárez se prepara para inaugurar este sábado 6 de diciembre su primer Centro Municipal de Pueblos Originarios. Este ambicioso proyecto, que ha cobrado vida tras meses de intensa construcción, no es solo un edificio de concreto y acero, sino un símbolo vivo de inclusión y resistencia cultural en una frontera marcada por la migración y el olvido histórico.
El Centro, conocido como CEMPO por sus siglas, emerge como respuesta a una deuda pendiente con las comunidades indígenas que han tejido el tapiz social de la ciudad durante décadas. Con una inversión de alrededor de 20 millones de pesos, el espacio busca transformar la calle Santos Degollado en un eje de encuentro intercultural, donde al menos una docena de etnias —desde los nómadas rarámuri hasta los mazahuas, mixtecas, zapotecas, wixárikas, chinantecas, purépechas, otomíes y nahuales— puedan desplegar su riqueza sin temor a la discriminación. «Este no es un mero contenedor; es un puente que une el pasado con el futuro de nuestra frontera», declaró el presidente municipal Cruz Pérez Cuéllar durante la colocación de la primera piedra en febrero de 2024, un gesto que marcó el inicio de lo que hoy se vislumbra como un hito urbano.
De las losas a las leyendas: el avance que honra raíces profundas
La génesis del CEMPO se remonta a principios de 2024, cuando el Ayuntamiento de Juárez, a través de la Dirección General de Obras Públicas, decidió erigir este referente en una parcela de 2 mil 650 metros cuadrados, de los cuales 650 se destinan a la estructura principal. Lo que comenzó como un solar baldío en la Zona Centro ha evolucionado en un complejo multifuncional, con avances que alcanzaron el 70 por ciento en agosto del año pasado y que, tras una segunda etapa impulsada en septiembre de este año, lo acercan a su culminación total. Ingenieros y artesanos han trabajado codo a codo: descimbrando losas de azotea, instalando redes eléctricas para iluminar talleres y escenarios, y enjalbando muros que pronto resonarán con cantos ancestrales.
Pero más allá de los blueprints y las cuadrillas, el verdadero pulso del proyecto late en su diseño inclusivo. El edificio albergará áreas dedicadas a la venta de artesanías —desde bordados otomíes hasta alfarería purépecha—, muestras gastronómicas que deleitarán con tamales de mole y el picor de chiles silvestres, y salones para talleres educativos sobre derechos indígenas, como la libre determinación y la autonomía política. Ubicado estratégicamente frente a la plaza dedicada al Divo de Juárez, el centro promete atraer no solo a locales, sino a visitantes del estado y del vecino Estados Unidos, convirtiendo la frontera en un escenario de diálogo intercultural. «Aquí, las comunidades podrán mostrar su diversidad sin intermediarios, fortaleciendo su economía y preservando su esencia», explica un informe oficial del municipio, que resalta cómo esta obra responde a la presencia de miles de indígenas en una ciudad de más de un millón y medio de habitantes.
Voces del maíz y el desierto: el impacto en la vida cotidiana
En una urbe donde la globalización a menudo ahoga las voces originarias, el CEMPO se erige como baluarte contra la violencia y el marginalismo. Organizaciones como el Instituto Municipal de la Mujer han integrado el proyecto en agendas más amplias, como los 16 Días de Activismo contra la Violencia de Género, donde se prevén foros sobre empoderamiento indígena y prevención de discriminación. Ya en agosto pasado, durante la celebración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, Juárez vibró con danzas como «El Buey» y «San Pedreño», ceremonias concheras del maíz y exposiciones de artesanías que anticiparon el espíritu del centro. «Es un espacio para sanar heridas históricas, para que nuestros niños vean que su herencia no es reliquia, sino fuerza viva», comparte una representante rarámuri en un video testimonial difundido por el Ayuntamiento.
El impacto trasciende lo cultural: al fomentar la venta directa de productos, el CEMPO impulsará economías locales golpeadas por la informalidad, mientras promueve el acceso a servicios como atención jurídica y salud adaptada a cosmovisiones indígenas. Críticos locales, en columnas como la de El Diario de Juárez, lo han calificado de «deuda histórica saldada», un paso hacia una Juárez más equitativa en un contexto nacional donde el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas aboga por políticas similares. Sin embargo, no todo es euforia; algunos activistas piden mayor participación comunitaria en la gestión futura, para evitar que el centro se convierta en un museo estéril en lugar de un hogar dinámico.
Con su inauguración a la vuelta de la esquina, el Centro Municipal de Pueblos Originarios no solo redefine el skyline de Juárez, sino que invita a la nación a reconocer la frontera como cuna de resistencias. En un diciembre que huele a copal y chile, la ciudad se asoma a un renacer colectivo, donde el eco de tambores ancestrales podría, por fin, acallar el ruido del olvido.



