La CIA en Chihuahua, exhibe la hipocresía de Sheinbaum
El escándalo por la presencia de agentes de la CIA en Chihuahua desnuda una realidad innegable en la política de seguridad binacional: la simulación. En el fondo, este suceso guarda una naturaleza idéntica a lo ocurrido con la entrega voluntaria del canadiense Ryan Wedding y la captura y posterior muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias el Mencho. En todos estos casos, la narrativa oficial se esfuerza por negar operaciones conjuntas de agencias extranjeras en suelo mexicano que vulneren la soberanía nacional, a pesar de que la realidad operativa demuestra lo contrario.
La actitud que ha tomado la presidente Claudia Sheinbaum frente a este bochorno en el norte responde más bien a un frío cálculo político y de deslindes. A diferencia de las presiones recibidas en las detenciones del exatleta olímpico o del líder del cartel Jalisco Nueva Generación, la mandataria no tiene por qué salir a cubrir a su equipo ni a las autoridades locales de Chihuahua. Al distanciarse, Sheinbaum deja correr el agua para que el costo político lo absorba el gobierno del estado, evidenciando que las prioridades de palacio nacional están muy lejos de blindar a gobernantes de oposición o a funcionarios que no pertenezcan a su círculo de confianza directa.
Bajo esa misma lógica de conveniencias y golpeteo, la petición de Javier Corral para que la gobernadora María Eugenia Campos acuda el martes 28 de abril a comparecer al Senado de la República no es más que una burda maniobra con un maloliente tufo electoral. El exgobernador Corral, hoy cobijado por el oficialismo, utiliza la tribuna legislativa no para buscar la verdad jurídica de la presencia de agencias estadounidenses en la sierra, sino para desgastar la imagen de su sucesora y rival política. No hay ingenuidad en sus pasos; junto con el peso político de Adán Augusto López Hernández, Corral busca abrirle brecha e impulsar de manera descarada la candidatura de la senadora juarense Andrea Chávez para la próxima gubernatura de Chihuahua.
La hipocresía de los actores involucrados queda sellada al revisar el pasado reciente. Resulta irónico que hoy Corral intente erigirse como el gran inquisidor del panismo y promotor de nuevas figuras, cuando en el proceso electoral de 2021 operó con todas sus fuerzas para frenar el ascenso de la propia gobernadora a la que hoy cita. En aquel entonces, Corral no dudó en dar todo su apoyo político y mediático a Gustavo Madero, un personaje ampliamente cuestionado y señalado como el gran creador de los moches legislativos que pervirtieron el presupuesto federal. Así, entre agencias de inteligencia extranjeras, pactos negados y venganzas personales, Chihuahua vuelve a ser el tablero de ajedrez donde el juego por el poder se disputa sin ningún tipo de pudor.
Ascenso de Montiel sacude el tablero político
La inminente llegada de Ariadna Montiel a la presidencia nacional de Morena representa un terremoto político cuyas réplicas golpearán de lleno en Chihuahua. Este movimiento en la cúpula guinda no es un simple relevo burocrático; es la consolidación de un bloque de poder que altera drásticamente la carrera hacia la gubernatura y que fortalece de manera directa las aspiraciones de Cruz Pérez Cuéllar. Al amparo de la poderosa estructura territorial de Montiel, el alcalde de Ciudad Juárez se posiciona en la primera línea de batalla como el precandidato más viable del partido oficialista, desafiando las dinámicas impuestas desde el centro del país.
Sin embargo, este fortalecimiento no está exento de riesgos sustanciales para el proyecto de la llamada cuarta transformación en el estado. El crecimiento de Pérez Cuéllar es visto en los cuarteles de la oposición como un auténtico regalo estratégico para el virtual candidato del Partido Acción Nacional, Marco Bonilla Mendoza. La sólida gestión del alcalde capitalino contrasta con los severos negativos y las constantes polémicas que arrastra la administración juarense. El panismo se frota las manos ante la perspectiva de explotar mediáticamente los flancos débiles de un contrincante que personifica la polarización.
En este complejo tablero, la opción de Andrea Chávez Treviño como carta para la gubernatura luce cada vez más inviable y descartada por criterios de alta política. Para la presidente Claudia Sheinbaum, impulsar a la senadora juarense representaría un peligroso retroceso en su discreta pero firme labor de destete respecto a la figura de Andrés Manuel López Obrador. Chávez ha construido toda su carrera y capital político bajo el cobijo absoluto del obradorismo más duro y de personajes como Adán Augusto López. Permitir su ascenso significaría ceder terreno a las facciones que buscan perpetuar la tutela del expresidente sobre el nuevo régimen. De este modo, entre los negativos de Juárez, las herencias del pasado y el pragmatismo de Montiel, Chihuahua se perfila como el escenario de una descarnada e implacable guerra de supervivencia política.
Coahuila será el velorio político de «Andy»
El andamiaje de poder en Morena cruje, y la tan cantada salida de Andrés Manuel «Andy» López Beltrán de la Secretaría de Organización no será la estrepitosa huida que sus detractores anticipaban para evitar el desastre, sino un repliegue estratégico fríamente calculado que se pospondrá hasta el último minuto después de las elecciones locales de Coahuila. Con la reciente renuncia de Luisa María Alcalde a la dirigencia nacional para refugiarse en la Consejería Jurídica presidencial, Andy quedó peligrosamente expuesto en el norte del país, donde asumió el control absoluto de una operación territorial que hoy huele a pólvora quemada y fracaso inminente.
Lejos de la soberbia que vaticinaba una marea guinda aplastando al bastión priista, el hijo del expresidente ha tenido que tragar saliva y admitir en privado la cruda realidad de sus limitaciones: ganar apenas dos de las 16 diputaciones locales en disputa en Coahuila sería considerado un rotundo éxito para su causa. Esta conformista declaración no es más que el blindaje retórico de quien sabe que las encuestas favorecen abiertamente a la maquinaria local del PRI y que su prometedora «prueba de fuego» terminará reducida a cenizas.
Sin embargo, la cúpula morenista no puede permitirse el lujo de dejarlo caer antes de los comicios; sacarlo ahora equivaldría a izar la bandera blanca antes de la batalla, dinamitando la moral de las bases y entregando el Congreso local sin pelear. Por lo tanto, el guion ya está escrito. López Beltrán resistirá el vendaval en el norte de México hasta que cierren las urnas para amortiguar el golpe mediático de la derrota y, una vez consumado el previsible descalabro, ejecutará su plan de supervivencia definitivo: un repliegue táctico hacia su natal Tabasco. Allí, cobijado por el misticismo del apellido y el indiscutible arrastre de la marca familiar, abandonará las sombras de la fontanería partidista para buscar por la vía de tierra una diputación federal que le garantice fuero y vigencia hacia los comicios intermedios.
