La idea de que Estados Unidos adquiera Groenlandia, la isla más grande del mundo, no es nueva en la historia diplomática. Sin embargo fue durante la primera presidencia de Donald Trump cuando esta propuesta cobró notoriedad pública y generó un debate internacional. En 2019, Trump expresó abiertamente su interés en comprar Groenlandia a Dinamarca, argumentando razones de seguridad nacional y estratégicas.
Esta pretensión, que inicialmente pareció una ocurrencia extravagante, ha resurgido en su segundo mandato, iniciado en 2025, con un enfoque más estructurado que incluye la designación de un enviado especial.
Exploraremos el contexto histórico de esta ambición, las motivaciones detrás de ella, las reacciones internacionales y las implicaciones geopolíticas, económicas y ambientales que conlleva.
La Propuesta inicial de 2019
La ambición estadounidense por Groenlandia se remonta al siglo XIX, pero se intensificó después de la Segunda Guerra Mundial. En 1946, el gobierno de Harry Truman ofreció 100 millones de dólares a Dinamarca por la isla, reconociendo su valor estratégico en el Ártico para la defensa contra posibles amenazas soviéticas.
Aunque esa oferta fue rechazada, Estados Unidos mantuvo una presencia militar en Groenlandia a través de bases como Thule, establecidas bajo acuerdos con Dinamarca.
Fue en agosto de 2019 cuando Donald Trump revivió esta idea de manera pública y controvertida. Durante su primer mandato, Trump tuiteó sobre la posibilidad de comprar Groenlandia, describiéndola como una «gran transacción inmobiliaria» que beneficiaría a Estados Unidos en términos de recursos naturales y posición militar.
La propuesta fue rechazada de inmediato por el gobierno danés y el autónomo groenlandés, quienes la consideraron absurda y una afrenta a su soberanía. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, calificó la idea de «absurda», lo que llevó a Trump a cancelar una visita oficial a Dinamarca.
Groenlandia, aunque parte del Reino de Dinamarca, goza de autonomía en asuntos internos desde 2009, y sus líderes enfatizaron que la isla «no está en venta».
Esta pretensión no fue aislada; reflejaba la visión de Trump de expandir la influencia estadounidense a través de adquisiciones territoriales, similar a compras históricas como Alaska en 1867 o las Islas Vírgenes Danesas en 1917.
Sin embargo, en el contexto moderno, la idea chocaba con normas internacionales que priorizan la soberanía y el consentimiento mutuo.
Renovación de la pretensión
Tras su reelección en noviembre de 2024, Trump ha renovado su interés en Groenlandia con un tono más asertivo. En diciembre de 2024, mencionó nuevamente la adquisición, esta vez en el contexto de reclamos sobre Canadá y el Canal de Panamá, argumentando que Groenlandia es esencial para la seguridad nacional de Estados Unidos.
En enero de 2025, Trump nombró un enviado especial para negociar con Dinamarca, enfatizando que la isla es vital para contrarrestar la influencia china y rusa en el Ártico.
Fuentes indican que la estrategia actual se centra en la persuasión diplomática y económica, en lugar de una invasión, aunque Trump no ha descartado acciones más firmes si es necesario.
Las motivaciones son multifacéticas. Groenlandia alberga vastos recursos minerales, como tierras raras, zinc y uranio, cruciales para la transición energética y la tecnología.
Además, su ubicación estratégica en el Ártico facilita el control de rutas marítimas emergentes debido al cambio climático, que derrite el hielo y abre nuevas vías comerciales. Trump ha argumentado que Dinamarca no tiene «derecho legal» pleno sobre la isla, aunque esto carece de base jurídica sólida.
Para los groenlandeses, mayoritariamente inuits, la propuesta genera preocupación por la explotación de recursos y la pérdida de autonomía cultural.
Geopolítica, economía y ambiente
Geopolíticamente, la pretensión de Trump podría tensar las relaciones con aliados de la OTAN como Dinamarca y Noruega, que ven en Groenlandia un bastión europeo en el Ártico.
China y Rusia han aumentado su presencia en la región, con inversiones en minería y bases militares, lo que hace que la adquisición sea vista como una movida defensiva por Washington. Sin embargo, críticos argumentan que viola el derecho internacional y podría alienar a socios globales.
Económicamente, Groenlandia ofrece oportunidades, pero también desafíos. Su población de apenas 56,000 habitantes depende de subsidios daneses, y una adquisición estadounidense podría inyectar inversión, pero a costa de la independencia.
Ambientalmente, el cambio climático acelera el derretimiento de los glaciares groenlandeses, contribuyendo al alza del nivel del mar global. Una mayor explotación minera bajo control estadounidense podría exacerbar estos problemas, ignorando las voces indígenas que priorizan la sostenibilidad.
Propuestas creativas han surgido en respuesta, como un proyecto de ley en el Congreso para renombrar la isla «Red, White and Blueland» o ideas danesas satíricas.
Estas reflejan el escepticismo general hacia la idea.
La pretensión de Trump de adquirir Groenlandia representa una fusión de expansionismo histórico y realpolitik moderna, impulsada por intereses estratégicos en un Ártico cada vez más disputado. Aunque rechazada en 2019, su resurgimiento en 2025 subraya la persistencia de Trump en redefinir las fronteras estadounidenses.
Sin embargo, en un mundo interconectado, tales ambiciones chocan con principios de soberanía y cooperación internacional. Si se materializa, podría alterar el equilibrio global, pero lo más probable es que permanezca como un capítulo controvertido en la diplomacia trumpiana, recordándonos los límites del poder unilateral en el siglo XXI.