Washington, D.C.- El economista estadounidense Alan Greenspan, considerado una de las figuras más influyentes en la historia de la política monetaria global y presidente de la Reserva Federal durante casi dos décadas, falleció este lunes 22 de junio de 2026 en su residencia de Washington a los cien años de edad. La noticia fue confirmada a través de un comunicado por su esposa, la periodista y corresponsal de la cadena NBC News, Andrea Mitchell, quien detalló que el deceso ocurrió por complicaciones derivadas de la enfermedad de Parkinson.
Desde la perspectiva del análisis político y económico, la muerte de Greenspan cierra un capítulo fundamental en el diseño del capitalismo financiero moderno. Conocido en su época de mayor esplendor como el maestro o el oráculo por su aparente infalibilidad para tejer la estabilidad económica de los Estados Unidos, el exfuncionario condujo el banco central norteamericano a lo largo de cinco periodos consecutivos, entre los años 1987 y 2006. Su gestión abarcó las administraciones de cuatro presidentes diferentes, los republicanos Ronald Reagan, George Bush padre y George W. Bush, así como la del demócrata Bill Clinton, consolidando un respaldo bipartidista inédito que le otorgó un control casi absoluto sobre los tipos de interés y la regulación bancaria.
El legado de Greenspan estuvo marcado por una profunda contradicción estructural que los analistas continúan debatiendo. Durante la mayor parte de su mandato, coordinó un periodo de expansión prolongada caracterizado por una inflación baja y un crecimiento sostenido de los mercados bursátiles, un ciclo conocido por los especialistas como la Gran Moderación. Sin embargo, su firme convicción ideológica en los postulados del libre mercado y su tenaz oposición a regular los nuevos y complejos instrumentos derivados del sector financiero terminaron por erosionar su reputación histórica tras su salida institucional.
Las decisiones de dinero fácil y la desregulación supervisada que promovió la Reserva Federal bajo su liderazgo son señaladas por la Comisión de Investigación de la Crisis Financiera como los detonantes directos del colapso del mercado inmobiliario subprime, el cual derivó en el colapso global de 2008 y la peor recesión económica desde la Gran Depresión de la década de 1930. Aunque en sus últimos años defendió parte de sus decisiones institucionales ante los comités del Congreso, el propio Greenspan pasaría a la historia de la autocrítica macroeconómica al admitir en una célebre comparecencia legislativa que cometió un error de juicio al asumir que las instituciones financieras eran capaces de autorregularse eficientemente para proteger el interés general.
La desaparición física de quien acuñara la icónica frase de la exuberancia irracional para alertar sobre las burbujas especulativas abre un periodo de balance sobre los alcances de la ortodoxia financiera. La partida de Alan Greenspan no solo representa la pérdida de un estratega técnico de la era de la globalización, sino el recordatorio de las limitaciones de un modelo económico cuya fe ciega en la eficiencia de los mercados terminó por reconfigurar la gobernanza macroeconómica de las naciones occidentales.



