El olvido institucional de la UACH
La Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH) se jacta de ser un pilar educativo en el estado, pero su negligencia hacia los jubilados revela una hipocresía profunda. Mientras los rectores presumen de avances académicos, cientos de extrabajadores que dedicaron décadas a formar generaciones enteras languidecen en la pobreza relativa, sin el ajuste dinámico a sus pensiones prometido por ley. Esta omisión no es un error administrativo, sino una traición calculada que prioriza presupuestos opacos sobre la dignidad humana, dejando a 328 pensionados —muchos de ellos adultos mayores con discapacidades— en una lucha constante por sobrevivir. O peor aún, a un rector, Luis Alfonso Rivera Campos, más interesado en la temporada de la NFL, que en sus obligaciones primordiales.
La reforma judicial como excusa barata
La reciente postergación de la audiencia por la «reforma judicial» suena a pretexto conveniente para dilatar lo inevitable. ¿Cómo es posible que un cambio de jueces paralice indefinidamente los derechos de jubilados que han esperado dos años por justicia? La UACH, con su maquinaria burocrática, parece aliarse con el sistema para perpetuar el abuso, ignorando que cada día de espera equivale a meses de inflación devorando pensiones estancadas. Esta maniobra no solo frustra a los afectados, sino que expone la fragilidad de un Estado que usa reformas como cortina de humo para evadir responsabilidades.
El precio de la lealtad olvidada
Los jubilados de la UACH no son meros números en un balance contable; son los arquitectos de su legado, profesores y administrativos que sacrificaron su juventud por una institución que ahora los desecha como obsolescencia programada. La pensión dinámica, ese mecanismo esencial para contrarrestar la erosión económica, se ha convertido en un espejismo legal, violando convenios colectivos y la Constitución misma. Criticar esta ingratitud no es exageración: es un llamado a cuestionar si la autonomía universitaria justifica la autonomía para el incumplimiento ético.
Protestas silenciadas en las calles de Chihuahua
Las manifestaciones pacíficas de jubilados frente a la rectoría, respaldadas por sindicatos como el de Aurora Rodríguez, son un grito de auxilio que la UACH prefiere ignorar. ¿Cuántas pancartas deben ondear, cuántos cuerpos frágiles deben exponerse al sol inclemente de Chihuahua para que se escuche? Esta represión sutil —mediante dilaciones judiciales y promesas vacías— erosiona la fe en las instituciones públicas, transformando a la universidad en un símbolo de elitismo desconectado de la realidad de sus propios héroes caídos.
El impacto humano más allá de las cifras
Detrás de las 348 voces afectadas hay historias de vejez precaria: abuelos que racionan medicamentos, familias que ven evaporarse ahorros por la inacción institucional. La UACH, con recursos millonarios en infraestructura y salarios directivos exorbitantes, podría resolver esto con un gesto de voluntad política, pero opta por la mezquindad. Esta crítica no busca compasión barata, sino justicia: ¿dónde queda el humanismo que predica en aulas cuando se trata de quienes lo enseñaron?
La complicidad gubernamental en el saqueo silencioso
No es solo la UACH la culpable; el gobierno de Chihuahua comparte la culpa al no presionar por el cumplimiento de la Ley Federal del Trabajo. Mientras el Sindicato de Trabajadores exige el «retiro dinámico», las autoridades estatales miran para otro lado, priorizando otros proyectos sobre el bienestar de sus jubilados públicos. Esta alianza tóxica entre universidad y poder ejecutivo convierte el problema en un escándalo sistémico, donde el descanso merecido de los mayores se transforma en una carga interminable.
Lecciones de una autonomía mal entendida
La autonomía universitaria, un principio noble para la libertad académica, se pervierte cuando se usa como escudo para evadir obligaciones laborales. La UACH debe reflexionar: ¿sirve su independencia para innovar o para institucionalizar la desigualdad? Los jubilados, con líderes como Jaime Félix Correa a la cabeza, no piden caridad, sino equidad. Ignorar esto no solo daña reputaciones, sino que socava la confianza social en la educación superior, convirtiendo aulas en semilleros de cinismo.
Hacia un descanso justo: la urgencia de la acción
En última instancia, el «descanso» de estos jubilados —ese merecido retiro tras años de servicio— se ha convertido en una pesadilla de incertidumbre financiera. La UACH tiene la obligación moral e inmediata de implementar la pensión dinámica, sin más audiencias pospuestas ni excusas. Si no lo hace, no solo traicionará a sus jubilados, sino que manchará su legado para siempre. Es hora de que la crítica se convierta en cambio: un acuerdo conciliatorio que restaure la fe en una institución que debería velar por el futuro, empezando por honrar su pasado. Dinero hay, lo demuestran los cotosos viajes a ver en vivo y vibrar con electrizantes partidos de futbol americano.



