En las oficinas de la Secretaría de Educación Pública (SEP), durante años, un hombre con nombre de filósofo alemán se convirtió en el guardián de un proyecto educativo que prometía revolucionar las aulas mexicanas. Marx Arriaga Navarro, coordinador del rediseño de los Libros de Texto Gratuitos (LTG) desde 2021, asumió el rol de principal artífice de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), el modelo impulsado por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
Arriaga defendió con fervor que aquellos volúmenes —107 en total para educación básica— no eran simples manuales escolares, sino un «tesoro» recuperado del negocio editorial privado. Los presentó como productos colectivos, forjados por miles de maestros, comunidades indígenas y afromexicanas, con un enfoque comunitario, crítico y anti-neoliberal. Sin embargo, la realidad pronto reveló grietas profundas: errores garrafales en matemáticas (como ilustrar que Marte orbita más cerca del Sol que la Tierra o afirmar que 3/4 es mayor que 5/6), mapas inexactos, fechas históricas equivocadas y usos gramaticales cuestionables («dijistes», «hicistes») que muchos especialistas interpretaron como normalización del error en lugar de pedagogía inclusiva.
La carga ideológica que encendió las alarmas
Lo que más indignó no fueron solo los fallos técnicos —que Arriaga minimizaba como «áreas de oportunidad»—, sino el sesgo ideológico evidente. Páginas enteras exaltaban escuelas obreras soviéticas (los Rabfak) como modelo a imitar para las secundarias mexicanas; se mencionaba a Lorenzo Córdova, exconsejero del INE y crítico del lopezobradorismo, como ejemplo de discriminación contra indígenas (hecho que derivó en amparo ganado ante la Suprema Corte); se priorizaba una narrativa histórica desde «los territorios» y el magisterio organizado, mientras se minimizaban o silenciaban otros enfoques.
Críticos —desde académicos del Tec de Monterrey hasta organizaciones de padres de familia— denunciaron adoctrinamiento abierto. Padres quemaron libros en Chiapas por considerarlos «del diablo»; gobernadores opositores se negaron a distribuirlos; amparos judiciales llovieron en 2023. El propio López Obrador salió a defenderlos en mañaneras, acusando a los detractores de conservadurismo y de ver «comunistas por todos lados, como ovnis».
La NEM llegó a las escuelas como un Frankenstein pedagógico: campos formativos en lugar de asignaturas tradicionales, proyectos obligatorios sin suficiente orientación, y una implementación caótica que dejó al magisterio a la deriva. Tres años después, la apropiación del modelo apenas ronda el 60 %, mientras México acumula rezago en PISA y deserción escolar.
La caída del guardián: atrincherado en la SEP
El clímax llegó en febrero de 2026. El 13 de ese mes, la SEP notificó a Arriaga que su plaza cambiaba a libre designación. Él se negó a salir. Policías intentaron desalojarlo; él transmitió en vivo el momento, ironizando: «Por el crimen de hacer libros de texto». Se atrincheró más de 60 horas en su oficina, convocando «protestas con propuesta» y llamando al magisterio a refundar la SEP.
Arriaga acusó presiones para eliminar 192 contenidos —desde violencias al magisterio hasta memoria histórica crítica—, argumentando que tales cambios traicionarían la NEM y el legado obradorista. La SEP y la presidenta Claudia Sheinbaum respondieron que los ajustes buscaban mayor inclusión (más heroínas nacionales, pueblos originarios, infancias migrantes) y no borrar la «transformación». Ofrecieron a Arriaga un consulado en el exterior; él lo rechazó.
Mario Delgado, titular de la SEP, confirmó que su salida se debió a su negativa absoluta a cualquier modificación y a su rechazo de reubicación. La dependencia insistió: «Los libros no son patrimonio de una persona». La NEM continúa, pero con retoques que diluyen el radicalismo original.
El saldo: un retroceso disfrazado de revolución
La salida de Marx Arriaga no borra los libros ni sus errores persistentes en el ciclo 2025-2026. Deja expuesta una verdad incómoda: lo que se vendió como educación liberadora terminó siendo, para muchos, un experimento apresurado, ideologizado y deficiente que agravó el rezago educativo de millones de niños.
Lejos de fortalecer el pensamiento crítico, los textos priorizaron una narrativa política sobre el rigor científico. Lejos de empoderar comunidades, generaron confusión y polarización. La NEM, que pudo haber sido una oportunidad para una educación más humana y contextual, se convirtió en símbolo de improvisación y sectarismo.
Hoy, con Arriaga fuera, se abre una ventana para corregir rumbos: volver a disciplinas sólidas, rigor académico y contenidos sin consignas partidistas. Pero el daño ya está hecho. Y los verdaderos perdedores —como siempre— son los alumnos de escuelas públicas, esos a quienes supuestamente se quería «liberar». La educación mexicana merece más que tesoros ideológicos; merece calidad, sin adjetivos.