Washington D.C.- Durante el primer mandato de Donald Trump, en 2019, el Pentágono reunió a funcionarios de alto nivel, diplomáticos y expertos en seguridad para un ejercicio secreto conocido como juego de guerra. El objetivo era uno solo: simular el derrocamiento de Nicolás Maduro y prever qué ocurriría el día después. Los resultados, hoy desclasificados, fueron devastadores. Douglas Farah, consultor que participó en varias de esas simulaciones cuando formaba parte de la Universidad Nacional de Defensa, resumió el panorama en un informe dirigido al Pentágono: la caída del presidente venezolano, por golpe militar, levantamiento popular o intervención extranjera, rompería en pedazos el delicado andamiaje autoritario del país y desencadenaría un caos prolongado, sin mando ni control sobre ejército ni policía, con saqueos masivos y facciones armadas disputándose el poder.
Seis años después, esas advertencias resuenan con crudeza. Trump, nuevamente en la Casa Blanca, ha escalado la presión hasta niveles nunca vistos: portaaviones en el Caribe, ataques aéreos contra embarcaciones sospechosas de narcotráfico que han dejado decenas de muertos y la designación oficial de Maduro como líder de una organización terrorista extranjera. El lunes declaró estar abierto al diálogo, pero no descartó una invasión terrestre. Mientras tanto, María Corina Machado, ganadora del Nobel de la Paz y líder de la oposición, asegura tener listo un plan de transición inmediata para asumir el poder con respaldo popular y restaurar el orden desde el primer día.
Sin embargo, los mismos juegos de guerra que se realizaron en 2019 y los análisis más recientes del International Crisis Group coinciden en un punto: no existe transición fluida posible. Un nuevo gobierno enfrentaría la resistencia de oficiales militares enriquecidos por el narcotráfico, de colectivos paramilitares y del Ejército de Liberación Nacional, que ha prometido defender a Maduro con miles de combatientes y drones armados en la frontera. El vacío de poder abriría la puerta a una guerra de baja intensidad que podría prolongarse años, con riesgo de fragmentación territorial y un éxodo que desbordaría a toda la región.
La historia respalda la cautela. La invasión de Panamá en 1989, con 27,000 soldados para capturar a Manuel Noriega en un país diez veces más pequeño que Venezuela, dejó un presidente impuesto entre protestas y promesas incumplidas. En Haití, 25,000 efectivos lograron derrocar una junta en 1994, pero el país nunca recuperó la estabilidad. Venezuela, con el doble del tamaño de California y reservas petroleras mayores que Arabia Saudita, requeriría decenas de miles de tropas solo para intentar mantener el orden, según los propios simulacros estadounidenses.
Phil Gunson, analista del International Crisis Group que vive en Caracas, lo dice sin rodeos: “Pensar que se puede instalar un gobierno y todo se acomodará es pura fantasía”. Los ejercicios de 2019 ya mostraron que, sin lealtad de las fuerzas de seguridad y con actores armados no estatales listos para llenar el vacío, el colapso sería inevitable. Hoy, con el USS Gerald R. Ford patrullando frente a las costas y el secretario de Estado Marco Rubio endureciendo el discurso, aquellas simulaciones ya no son hipótesis. Son la advertencia más clara de lo que podría venir si el tablero se mueve sin un plan real para el día después.



