UAEM: el campus del miedo
La Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) atraviesa su hora más oscura. En menos de quince días, la máxima casa de estudios pasó de ser un espacio de formación a un escenario de tragedia con el feminicidio de dos de sus alumnas: Kimberly Joseline Ramos y Karol Toledo. Este doble golpe ha fracturado la percepción de seguridad en el campus Chamilpa, detonando una indignación estudiantil que ya no se conforma con minutas de trabajo, sino que exige justicia expedita y el fin de una violencia que parece haber echado raíces en los senderos universitarios.
Justicia a cuentagotas
La respuesta de la Fiscalía General del Estado, aunque ha logrado la vinculación a proceso de Jorge “N” por el caso de Kimberly, llega bajo la sombra de la sospecha. Para la comunidad estudiantil, las autoridades han actuado de forma reactiva, activando protocolos de búsqueda solo cuando la presión social y las tomas de edificios se volvieron insostenibles. La captura de un sospechoso es un avance, pero no desarticula el miedo colectivo de las alumnas, quienes perciben que el acecho es una constante en las zonas aledañas y mal iluminadas del recinto educativo.
El «Código Rojo» de la Rectoría
Desde la oficina de la rectora Viridiana Aydeé León, la declaratoria de «Código Rojo» y la migración a clases virtuales han sido vistas como una medida de contención más que de solución. Si bien la suspensión de actividades presenciales busca proteger la integridad de las jóvenes, también evidencia la incapacidad institucional para garantizar un entorno seguro. La estrategia de «encerrar» a las víctimas potenciales es una respuesta de emergencia que deja pendiente la verdadera batalla: recuperar el espacio público y limpiar las instituciones de acosadores y feminicidas.
La rebelión de las aulas
La toma de la Torre de Rectoría y el paro en diversas facultades son el síntoma de un hartazgo acumulado. Las estudiantes han mapeado con precisión los puntos ciegos del campus, señalando donde faltan cámaras, luz y vigilancia. Esta «rebelión de las aulas» no solo señala a los criminales externos, sino que apunta directamente a las estructuras internas de la UAEM, donde los «tendederos de denuncia» contra docentes acosadores han sido ignorados sistemáticamente, creando un caldo de cultivo de impunidad que hoy escala a niveles fatales.
Coordinación bajo sospecha
La integración de la Universidad a la Mesa de Coordinación para la Construcción de la Paz, junto a la gobernadora Margarita González Saravia, promete patrullajes y tecnología, pero el escepticismo reina en los pasillos. Los convenios de seguridad en Morelos tienen un historial de burocracia que rara vez se traduce en prevención real. Para las familias de las víctimas, la presencia de la policía en el perímetro es un recordatorio tardío de que la seguridad debió ser una prioridad estructural y no un parche tras la pérdida de vidas jóvenes.
El peso de la desaparición
El caso de Stephanye Alondra, quien afortunadamente fue localizada con vida, sirve para ilustrar el estado de psicosis que vive la entidad. Cada minuto que una alumna no responde su celular se convierte en una crisis de pánico para la comunidad. Esta vulnerabilidad extrema ha forzado a las estudiantes a crear sus propias redes de protección y acompañamiento, asumiendo funciones que le corresponderían al Estado y a la propia Universidad. La desconfianza en las instituciones es hoy el muro más alto que la Rectoría debe derribar.
Exigencias ante notario
El pliego petitorio que las colectivas exigen firmar ante notario público no es un capricho administrativo, es un seguro de vida. Las demandas de iluminación, botones de pánico y la depuración del cuerpo docente por casos de acoso sexual son exigencias básicas de sobrevivencia. La comunidad universitaria ha dejado claro que no liberará las instalaciones hasta que los compromisos tengan fecha de cumplimiento y responsables directos, marcando un precedente de fiscalización ciudadana sobre la administración de Viridiana León.
Un futuro en vilo
Al final, lo que está en juego en la UAEM es el futuro de la educación pública en un estado sitiado por la violencia de género. Si la universidad no logra transformarse en un santuario seguro para sus alumnas, habrá fallado en su misión fundamental. El desenlace de esta crisis dependerá de si la Rectoría y el Gobierno del Estado eligen el camino de la reforma profunda o si apuestan al desgaste del movimiento estudiantil para volver a una normalidad que, para Kimberly y Karol, ya nunca llegará.



