Teherán, Irán. – Las protestas en Irán, iniciadas por el dramático desplome del rial, han escalado rápidamente hacia un desafío político abierto contra el régimen del líder supremo Ali Jamenei. Lo que comenzó el domingo 28 de diciembre como una huelga de comerciantes en el Gran Bazar de Teherán se ha extendido a múltiples ciudades, con enfrentamientos violentos que han dejado al menos siete muertos y decenas de heridos, según informes de medios estatales y grupos de derechos humanos.
El rial alcanzó un mínimo histórico de alrededor de 1.42 millones por dólar en el mercado libre durante los primeros días de las manifestaciones, comparado con 820,000 un año atrás. La inflación anual supera el 42%, y un salario medio apenas equivale a poco más de 100 dólares mensuales. Alimentos básicos y medicamentos se han vuelto inaccesibles para amplios sectores de la población, agravando cortes frecuentes de agua y electricidad.
La abogada de derechos humanos Gissou Nia, del Atlantic Council, explica que el detonante económico oculta una insatisfacción profunda: “Como en olas anteriores desde 2017, hay un catalizador económico, pero las consignas revelan un deseo de que el régimen desaparezca”. Se escuchan gritos como “Muerte al dictador” y “Zan, Zendegi, Azadi” (Mujer, Vida, Libertad), eco de 2022, sin demandas de reforma sino de cambio sistémico.
La participación del bazar, tradicional bastión conservador, marca una ruptura histórica. Sus huelgas paralizan el abastecimiento y erosionan la base del régimen. Las manifestaciones han llegado a universidades y provincias occidentales, con represión temprana: gases lacrimógenos y disparos. El gobierno ofrece diálogo, pero atribuye el descontento a “conspiraciones extranjeras”.
Analistas ven nerviosismo en la cúpula: la violencia inicial revela debilidad ante un movimiento que une generaciones y clases sociales hartas de un sistema percibido como fallido.