Nueva York, EE.UU.– James Watson, el brillante biólogo estadounidense cuya mente inquieta desentrañó la estructura de doble hélice del ADN y abrió las compuertas de la biología molecular moderna, falleció este jueves a los 97 años en un hospicio de Long Island, Nueva York. Su partida, confirmada por el Laboratorio Cold Spring Harbor donde pasó gran parte de su prolífica carrera, cierra un capítulo turbulento en la historia de la ciencia: uno de genialidad innegable y controversias que lo convirtieron en un paria.
El hombre nacido en Chicago en 1928 no solo compartió el Premio Nobel de Medicina en 1962 con Francis Crick y Maurice Wilkins por ese hallazgo pivotal –que explicó cómo se replica el ADN y se transmite la información genética–, sino que también sembró semillas de debate ético que aún resuenan en laboratorios y aulas del mundo. Watson, un prodigio que ingresó a la Universidad de Chicago a los 15 años, transformó nuestra comprensión de la vida misma, pero sus declaraciones posteriores sobre raza e inteligencia lo despojaron de honores y lo aislaron de la comunidad científica que una vez idolatró.
El genio precoz que modeló el futuro de la genética
Desde sus primeros pasos en la ciencia, Watson demostró una intuición afilada como un bisturí. Fascinado por la difracción de rayos X, una técnica emergente que permitía vislumbrar las estructuras atómicas, abandonó sus estudios iniciales en ornitología para sumergirse en el enigma del ADN. En 1951, llegó al Laboratorio Cavendish de Cambridge, donde conoció a Crick, un físico excéntrico con quien forjó una dupla legendaria. Juntos, armaron modelos tridimensionales con alambres y cartón, inspirados en los datos de difracción proporcionados por Rosalind Franklin y Maurice Wilkins del King’s College de Londres –un detalle que años después generaría debates sobre el crédito atribuido a Franklin, una pionera subestimada.
El 25 de abril de 1953, publicaron en la revista Nature el artículo que revelaba la doble hélice: una escalera retorcida de bases nitrogenadas que se abre como una cremallera para replicarse. «Sudamos sobre esos modelos durante semanas», recordaría Watson en su autobiografía La doble hélice, un libro que capturó la euforia y las rivalidades de ese momento. Ese descubrimiento no solo les valió el Nobel nueve años después –compartido en una ceremonia en Estocolmo donde posaron radiantes con sus medallas–, sino que impulsó avances explosivos: desde la ingeniería genética hasta las terapias contra el cáncer y la edición CRISPR que hoy editan genes como texto en un procesador de palabras.
En Harvard, donde se mudó con su esposa Elizabeth tras el Nobel, Watson ascendió rápidamente a profesor de biología y crió a dos hijos. Pero su ambición lo llevó en 1968 al Laboratorio Cold Spring Harbor, una modesta estación de investigación en Nueva York que bajo su dirección se erigió como meca de la genómica. Allí, fomentó generaciones de científicos, financió proyectos innovadores y defendió la «grandeza de las ideas» en un mundo académico que, según él, a veces priorizaba la corrección política sobre la verdad cruda.
Polémicas que empañaron un legado brillante
Sin embargo, el sol que iluminó su cima científica pronto se nubló con sombras de intolerancia. En 2007, a los 79 años, Watson soltó una bomba en una entrevista al Sunday Times de Londres: era «pesimista sobre el futuro de África» porque, afirmaba, «todas nuestras políticas sociales se basan en que su inteligencia es igual a la de los blancos, cuando todas las pruebas indican que no es así». Agregó que, aunque no se debía discriminar por raza –»hay mucha gente de color muy talentosa»–, los «trabajadores negros» no cumplían con las expectativas. Sus palabras, grabadas y publicadas sin filtros, desataron una tormenta global.
Políticos, colegas y activistas lo tildaron de racista. El Museo de Ciencia de Londres canceló una charla suya; Cold Spring Harbor lo suspendió como canciller y, tras una investigación, lo destituyó. Watson se retractó en la Royal Society, culpando al periódico por malinterpretar sus ideas: «No quise decir que África es genéticamente inferior; no hay base científica para eso». Pero un portavoz del Times defendió la transcripción, y el daño estaba hecho. A pesar de una disculpa, retuvo títulos honoríficos como profesor emérito, aunque su reputación se resquebrajó.
Doce años después, en 2019, el fuego renació con el documental American Masters: Decoding Watson de PBS. A sus 90 años, Watson reafirmó: «No he cambiado de opinión» sobre el vínculo genético entre raza e inteligencia, citando diferencias en pruebas de CI entre blancos y negros. Cold Spring Harbor, su hogar intelectual por décadas, reaccionó con dureza: «Sus comentarios son infundados, imprudentes y reprensibles», declararon en un comunicado que lo despojó de todos los honores restantes y cortó lazos. Para entonces, Watson se recuperaba de un accidente automovilístico en un centro de cuidados, con una conciencia «mínima» de su entorno, según reportes.
La medalla vendida y un retiro en soledad
En medio de su declive, Watson hizo historia de otro modo en 2014: subastó su medalla de Nobel de oro por 4,1 millones de dólares en Christie’s de Nueva York –la primera vez que un laureado hacía tal cosa–. Un multimillonario ruso, Alisher Usmanov, la compró y se la devolvió de inmediato como gesto filantrópico. «Quiero financiar instituciones como Cold Spring Harbor, Chicago y Cambridge para que sigan siendo bastiones de ideas grandes y decencia», explicó Watson, quien donó parte de las ganancias a causas educativas.
Aun así, se sentía marginado: «La comunidad científica me ha excluido por mis opiniones», lamentó en entrevistas. Su vida, tejida de logros y tropiezos, refleja las tensiones de la era post-genómica: ¿puede un genio trascender sus prejuicios? En redes sociales, su muerte ha suscitado reacciones mixtas. El profesor David Sinclair, de Harvard, lo recordó como «un mentor generoso» que compartía anécdotas de los albores de la biología molecular, mientras otros reviven las afrentas, cuestionando si su legado genético incluye lecciones sobre el sesgo humano.



