La insumisión panista se revela
La historia política del Partido Acción Nacional (PAN) en Chihuahua está marcada por un ADN de resistencia, no solo frente a los embates del exterior, sino fundamentalmente contra los intentos de imposición de su propia cúpula. La actual pugna interna por la candidatura a la alcaldía de la capital del estado no es una anomalía aislada; es la reactivación de esa histórica tradición de insumisión que hoy expone un quiebre estructural profundo. La confrontación soterrada pero evidente entre las precandidaturas de César Jáuregui Moreno y Santiago de la Peña Grajeda ha dejado al descubierto la ruptura de facto de una de las alianzas políticas más longevas, operativas y exitosas de la última década en la entidad: la de la gobernadora Maru Campos y su histórico estratega y operador, Jáuregui Moreno.
El intento del Ejecutivo estatal por empujar la postulación de Santiago de la Peña se topa de frente con la pared del orgullo doctrinario albiazul. Los panistas chihuahuenses se asumen, por herencia, como custodios de la democracia interna y los procesos de abajo hacia arriba. Por esa misma rebeldía dogmática y de base, la hoy gobernadora Maru Campos logró sortear el veto de las estructuras oficiales y posicionarse por encima de los intereses del grupo del exgobernador Javier Corral y de figuras como Gustavo Madero. Bajo esa misma lógica identitaria, en su momento histórico, Eduardo Romero Ramos no pudo suceder en línea directa a Francisco Barrio. Cuando el centro del poder formal intenta trazar una sucesión vertical en Chihuahua, las bases y los cuadros históricos suelen reaccionar de forma centrípeta, atrincherándose en la identidad de partido.
La herencia de la fractura
El peso de la tradición frente a la línea vertical La historia política del Partido Acción Nacional en Chihuahua está marcada por una fuerte resistencia interna contra las decisiones impuestas desde arriba. La actual pelea por la candidatura a la alcaldía de la capital no es una sorpresa, sino la reactivación de esa costumbre de rebelarse que hoy pone en riesgo la unidad del partido. La competencia entre César Jáuregui Moreno y Santiago de la Peña Grajeda dejó al descubierto el quiebre real de una de las alianzas políticas más exitosas de la última década: la de la gobernadora Maru Campos y su histórico operador, Jáuregui Moreno.
El intento del gobierno estatal por imponer a Santiago de la Peña choca directamente con el orgullo de los militantes de base. Los panistas de Chihuahua siempre se han considerado defensores del voto interno. Por esa misma rebeldía, Maru Campos logró ser candidata y gobernadora por encima de los deseos del exgobernador Javier Corral y de figuras como Gustavo Madero. Bajo esa misma lógica, en su momento, Eduardo Romero Ramos no pudo suceder a Francisco Barrio. Cuando el poder central intenta nombrar a un sucesor a la fuerza, las bases y los liderazgos tradicionales se defienden y rechazan la orden.
Una dirigencia rebasada y el espejo del corralismo Este escenario también demuestra la falta de experiencia de Daniela Álvarez al frente del partido en el estado. En lugar de calmar los ánimos o actuar como una jueza justa para resolver la crisis, la dirigencia formal se ve rebasada y sin autoridad, incapaz de frenar el descontento de los militantes que ven esto como un atropello a su democracia interna.
La crisis ya salió del partido y llegó al propio gabinete de la gobernadora. Esto recuerda a lo que pasó con Javier Corral, donde su rigidez provocó que sus colaboradores terminaran operando en su contra o cambiándose de equipo. Un ejemplo claro de cómo los operadores políticos buscan su propio camino según las fuerzas locales es Roberto Andrés Fuentes Rascón, quien fue secretario particular del gobernador Corral y terminó como secretario del ayuntamiento de Chihuahua con el alcalde Marco Bonilla. Asimismo, la presencia en el actual gabinete de figuras tradicionales como Fernando Álvarez Monje, exdirigente del partido y hoy director de la Comisión Estatal para los Pueblos Indígenas, muestra lo difícil que es controlar a todos los grupos desde una sola oficina.
Hoy en día, miembros importantes del gobierno estatal, conscientes del costo de apoyar una decisión impopular, han comenzado a alinearse con el grupo de Jáuregui Moreno y rechazan en silencio la imposición de Santiago de la Peña.
Tres escenarios posibles
Tres riesgos rumbo a la elección interna y constitucional Esta división rompe el panorama electoral en la capital y abre tres graves riesgos para el PAN:
-
El fin del equipo operativo: Durante más de diez años, Maru Campos y César Jáuregui trabajaron de forma coordinada. Maru ponía el carisma y los votos, mientras Jáuregui resolvía los problemas internos y negociaba con los líderes de las colonias. Al romperse este equipo, el PAN pierde su motor principal. Si se concreta la imposición, el castigo de los simpatizantes de Jáuregui no será votar por otro partido, sino cruzarse de brazos y no salir a buscar votos el día de la elección.
-
Un panorama difícil frente a Morena: La capital del estado siempre ha sido el refugio seguro del PAN y el contrapeso frente a Ciudad Juárez, que suele votar por Morena. Sin embargo, una pelea interna que la militancia considere injusta debilita esa ventaja. Morena lleva años intentando ganar terreno en las clases medias y sectores populares de la capital, y este pleito les da la oportunidad perfecta. El electorado indeciso, que busca estabilidad, puede alejarse al ver a un PAN peleando por puestos públicos.
-
Problemas para gobernar y pérdida de autoridad: Si la gobernadora logra imponer a su candidato a la fuerza, ganará la candidatura pero tendrá un gobierno y un partido divididos. Como ya se ve en el gabinete, los funcionarios están calculando sus lealtades. Esto debilitará la autoridad de la gobernadora en la segunda mitad de su mandato, pues tendrá que gobernar con la oposición de los propios panistas históricos, quienes verán a Santiago de la Peña como un extraño colocado por la fuerza.
La historia en Chihuahua demuestra que el poder del gobernador se topa con pared cuando olvida que los panistas locales prefieren dividirse antes que obedecer ciegamente. En política, imponer a un candidato casi siempre se paga con la derrota electoral.



