La Habana, Cuba. — La isla vive desde inicios de marzo una ola de manifestaciones populares motivadas por apagones prolongados de hasta 20 horas diarias, escasez extrema de alimentos y deterioro general de las condiciones de vida, que han escalado a actos de confrontación directa con símbolos del poder.
El hecho más grave ocurrió la madrugada del sábado 14 en Morón, provincia de Ciego de Ávila: decenas de personas asaltaron la sede local del Partido Comunista, lanzaron piedras, provocaron incendios y causaron daños materiales significativos. Videos difundidos en redes muestran fogatas en la vía pública y gritos de “¡abajo la dictadura!” y “¡corriente y comida!”. Las autoridades reportaron al menos cinco detenidos tras el incidente, que comenzó como una concentración pacífica por los cortes eléctricos y derivó en disturbios.
La protesta en Morón no fue aislada. Desde el colapso de la termoeléctrica Antonio Guiteras (5 de marzo) se registran cacerolazos nocturnos casi diarios en barrios de La Habana (Cerro, Cotorro, Alamar, Miramar), Santiago de Cuba, Matanzas, Holguín y Mayarí. Vecinos bloquean calles con basura incendiada, realizan sentadas universitarias y corean consignas que van desde reclamos básicos (“¡corriente!”, “¡comida!”) hasta demandas políticas (“¡libertad!”, “¡abajo la dictadura!”).
Autoridades reconocen el malestar: el presidente Miguel Díaz-Canel escribió en redes que comprende la irritación por la crisis, pero advirtió que “para la violencia no habrá impunidad” y llamó al “civismo y respeto al orden público”.
El Observatorio Cubano de Conflictos había cerrado 2025 con más de 11.000 acciones de protesta o crítica al régimen, un aumento del 25 % respecto a 2024. La tendencia se acelera en 2026: analistas independientes estiman que en la primera quincena de marzo ya se triplicaron las expresiones de descontento respecto a enero.
La crisis se agrava por la falta de combustible (agravada por presiones externas sobre envíos de petróleo), inflación descontrolada y colapso del sistema eléctrico nacional. Expertos advierten que los apagones masivos podrían prolongarse semanas, alimentando un ciclo de hartazgo que, por ahora, el gobierno enfrenta con detenciones selectivas y llamados a la calma.
Mientras tanto, en redes y entre el exilio se multiplican apoyos a los manifestantes y llamados a no ceder ante la represión. La isla permanece bajo tensión, con la población pendiente de cada noche para ver si los cacerolazos se convierten en algo mayor.