Caucasia, Colombia. — Cada año, la Casa de la Moneda de Estados Unidos vende más de mil millones de dólares en monedas de oro de inversión. En cada una aparece el águila calva o la imagen de la Dama de la Libertad, símbolos que, según la ley federal, garantizan que el metal es 100 por ciento estadounidense y recién extraído en territorio nacional.
Sin embargo, una investigación revela que esta promesa es falsa. El oro que se convierte en monedas American Eagle y en piezas conmemorativas —incluida la moneda de oro de 24 quilates del presidente Donald Trump por el 250.º aniversario de Estados Unidos— proviene en buena parte de fuentes extranjeras, entre ellas minas ilegales controladas por el Clan del Golfo, el principal cartel de la droga de Colombia. 
En las profundidades del territorio del Clan del Golfo, en el noroeste de Colombia, mineros trabajan bajo control del cartel en fincas como La Mandinga. Usan excavadoras y mangueras de alta presión para remover la tierra, mezclan el lodo con mercurio tóxico y entregan al cartel una cuota mensual de 400 dólares por equipo. El oro extraído ilegalmente, contaminado y ligado a un grupo designado como organización terrorista por Estados Unidos, recorre un camino que lo “blanquea” antes de llegar a la planta de la Casa de la Moneda en West Point, Nueva York.
El lavado del oro en dos pasos
Primero, el oro ilegal se vuelve “legal” en Colombia. Los mineros entregan sus grumos de mercurio y oro a compraventas locales en Caucasia. Allí se quema el mercurio y el metal se registra como procedente de “barequeros” —pequeños mineros autorizados— aunque en la práctica se extrae con maquinaria pesada, en zonas prohibidas y pagando tributo al cartel. Con documentación básica, el oro se exporta legalmente a refinerías en Texas.
En una planta como Dillon Gage, a las afueras de Dallas, ese oro colombiano se funde junto a lotes de otras procedencias: joyas de casas de empeño mexicanas y peruanas, oro de segunda mano estadounidense y hasta material de una mina congoleña vinculada parcialmente al gobierno chino. Una vez mezclado en suelo estadounidense, la industria lo considera “oro americano”.
De allí pasa a proveedores como Asahi USA en Salt Lake City, que a su vez abastece directamente a la Casa de la Moneda. Durante años, la Casa de la Moneda no exigió a sus proveedores que identificaran el origen real del metal ni cumplió estrictamente la ley de 1985 que prohíbe usar oro extranjero para fabricar monedas de inversión.
Una auditoría del inspector general del Departamento del Tesoro en 2024 reveló que la institución llevaba dos décadas sin preguntar a sus proveedores el origen del oro. Aunque el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció una revisión de las prácticas de adquisición tras conocer estos hallazgos, el flujo de oro dudoso continúa.
Consecuencias de un mercado sin frenos
El precio del oro, que ronda los 5,000 dólares la onza —cuatro veces más que hace una década—, ha roto las salvaguardas del sector. El oro financia conflictos armados en Sudán, ayuda a Venezuela e Irán a evadir sanciones, y fortalece a grupos como el Clan del Golfo, que combina narcotráfico con minería ilegal.
En La Mandinga, la deforestación y la contaminación por mercurio son visibles desde el aire: charcos de colores brillantes cubren lo que antes eran bosques y praderas. Los mineros, muchos de ellos envenenados por el mercurio, siguen trabajando con impunidad, incluso invadiendo el perímetro de una base militar cercana.
Mientras inversores de todo el mundo compran monedas de la Casa de la Moneda buscando seguridad en tiempos de crisis, parte de ese metal ayuda a sostener la misma inestabilidad que pretenden evitar: guerra, crimen organizado y destrucción ambiental.
La Casa de la Moneda insiste en que su oro es “principalmente” estadounidense. Sin embargo, los registros de importación, exportación y las propias admisiones de sus proveedores muestran una cadena de suministro en la que el origen extranjero se diluye en calderos de fundición y en papeles que borran el rastro del delito.
El truco de alquimia está completo: el oro de un cartel colombiano termina convertido en símbolo de la nación estadounidense, con la garantía oficial del gobierno.
(Con información de The New York Times)



