Lima, Perú.- En la madrugada del viernes, José Enrique Jerí Oré, un abogado limeño de 38 años, juró como nuevo presidente del Perú, ceñido con la banda rojiblanca que lo consagra como mandatario por sucesión constitucional.
El Congreso, en una decisión unánime de 122 votos, destituyó a Dina Boluarte, incapaz de contener la ola de violencia que azota el país, marcada por eventos como el atentado contra la banda de cumbia Agua Marina en un recinto militar y las protestas de transportistas y comerciantes que claman contra la delincuencia rampante.
Jerí, hasta ayer presidente del Congreso, dirigirá un gobierno de transición hasta las elecciones de abril de 2026, en un contexto de fragmentación política y hartazgo social.
Un ascenso accidental en una democracia frágil
Jerí, militante del partido conservador Somos Perú desde 2021, llegó al Congreso por un escaño fortuito tras la inhabilitación de Martín Vizcarra, con apenas 11,000 votos. Su carrera, descrita como meteórica por el politólogo Moisés Arce de Tulane University, lo llevó a presidir la Comisión de Presupuesto, pero su figura está envuelta en controversias. Acusado de enriquecimiento ilícito y de condicionar proyectos de obras públicas a pagos irregulares, también enfrentó una denuncia por presunta violación sexual en una reunión en Canta en diciembre de 2024.
Aunque la investigación fue archivada en agosto de 2025 por falta de pruebas, un juez ordenó tratamiento psicológico, que él desoyó, sumando una acusación por desobediencia. “Jerí está en el poder casi por casualidad, en una democracia que parece una lotería”, sentencia Rodrigo Barrenechea, profesor de la Universidad del Pacífico.
Un país en crisis y un mandato transitorio
En su primer discurso, Jerí señaló a la delincuencia como “el principal enemigo en las calles”, prometiendo un gobierno de empatía y reconciliación. Sin embargo, su llegada no calma las aguas de un país hastiado, con un Congreso impopular y protestas juveniles contra una ley que obliga a cotizar en fondos privados de pensiones en medio de un 70% de informalidad laboral.
Barrenechea apunta que su presidencia refleja la continuidad de las élites parlamentarias, que sacrificaron a Boluarte como un lastre electoral de cara a 2026, pero no apostaron por un outsider que desafíe su poder. Alonso Segura, exministro de Economía, advierte que el vértigo institucional —ocho presidentes en diez años— daña la credibilidad fiscal del país, urgiendo a Jerí a garantizar elecciones transparentes y combatir la inseguridad sin grandes promesas.
Un horizonte económico con luces y sombras
Pese al caos político, la economía peruana, tercera productora mundial de cobre, muestra signos de recuperación tras la recesión de 2023, impulsada por protestas y el fenómeno El Niño.
Con un crecimiento proyectado de 3.1% a 3.5% para 2025 y una inflación del 1.8%, una de las más bajas entre emergentes, el Banco Central ha reducido su tasa de interés al 5.75%. Mali Chivakul, economista de J. Safra Sarasin, destaca el auge del cobre y la construcción, pero Segura lamenta que, con precios récord de materias primas, el país debería “volar” y no solo crecer tímidamente.
La transición de Jerí, bajo el cielo nublado de octubre, será un delicado equilibrio entre apaciguar la ira social y aprovechar un contexto económico favorable, mientras el reloj avanza hacia las urnas de 202



