Caracas, Venezuela.- Las vastas reservas de petróleo de Venezuela han sido históricamente su principal activo, pero en las profundidades marinas frente a su costa oriental se encuentran yacimientos de gas natural que podrían desarrollarse con mayor rapidez y atraer inversiones extranjeras. Estos depósitos, descubiertos hace décadas cerca de la frontera marítima con Trinidad y Tobago, permanecieron mayoritariamente sin explotar mientras el país priorizaba el crudo.
Empresas como Shell y BP han mostrado interés sostenido en estos recursos. A diferencia del petróleo, donde Venezuela ha sido reacia a ceder control, el gas ha abierto puertas a socios extranjeros. “Esto es como un viejo juguete nuevo. Nunca han abierto la caja”, resume Antero Alvarado, consultor energético en Caracas.
El principal obstáculo han sido las sanciones estadounidenses contra el gobierno venezolano y PDVSA. Sin embargo, tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en enero de 2026, el Departamento del Tesoro emitió nuevas autorizaciones que facilitan negociaciones y operaciones en el sector energético. Estas medidas permiten a compañías como Shell y BP avanzar en proyectos clave.
El yacimiento Dragón destaca como el más próximo a la explotación. Ubicado en aguas venezolanas pero muy cerca de la infraestructura trinitaria, se planea conectar mediante un gasoducto corto a las instalaciones existentes en Trinidad y Tobago, que cuenta con terminales para exportar gas natural licuado (GNL). Shell obtuvo en 2023 un acuerdo para desarrollarlo, y su CEO, Wael Sawan, indicó recientemente que podría requerir miles de millones en inversión y generar producción en pocos años, con expectativas de inicio en el cuarto trimestre de 2027 a unos 350 millones de pies cúbicos diarios.
Un segundo proyecto, Cocuina-Manakin (o Manakin-Cocuina), involucra a BP, que solicitó permisos a Washington para avanzar en esta área transfronteriza con reservas estimadas en más de un billón de pies cúbicos.
Oportunidades y desafíos regionalesEstos desarrollos dependen de la cooperación con Trinidad y Tobago, que necesita gas para sostener su industria de GNL ante el declive de su producción propia. La relación bilateral ha sido tensa, con interrupciones en 2025 por diferencias políticas, pero funcionarios trinitarios mantienen optimismo.
Expertos como Francisco Monaldi, de la Universidad Rice, destacan que la dependencia de la infraestructura vecina reduce riesgos para las empresas: Venezuela no podría redirigir fácilmente el gas como ha ocurrido con el petróleo. Estimaciones indican que Dragón podría generar hasta 500 millones de dólares anuales, con al menos 45% en impuestos y regalías para Venezuela.
Más al oeste, proyectos con Eni y Repsol suministran gas para generación eléctrica interna, aunque pagos en petróleo se complicaron por sanciones. Las nuevas licencias podrían reactivar estos flujos.
Venezuela quema o desperdicia grandes volúmenes de gas asociado, contribuyendo al cambio climático. Desarrollar estos recursos offshore beneficiaría a todos: ingresos para Venezuela, suministro para Trinidad, y más GNL para el mercado global. Con el entorno político en transición bajo Delcy Rodríguez y el respaldo explícito de funcionarios estadounidenses como el secretario de Energía Chris Wright, estos proyectos representan una de las pocas vías realistas para aumentar la producción energética venezolana en los próximos años.
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