El lunes, Estados Unidos designó formalmente al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y a sus principales aliados como miembros de una organización terrorista extranjera: el Cártel de los Soles. El único problema es que ese cártel no existe, dice Michellle Goldberg, en su colaboración para de The New York Times.
“El cártel no existe”, me confirmó el lunes por teléfono desde Caracas Phil Gunson, analista senior del International Crisis Group. El término Cártel de los Soles es un apodo despectivo venezolano que se refiere a oficiales corruptos de las fuerzas armadas que cobran peaje a los narcotraficantes; alude al sol dorado que llevan en las hombreras. Surgió hace más de treinta años como una broma periodística y se quedó como etiqueta. Equivale a que Donald Trump declarara al “Estado profundo” una banda criminal organizada.
Sin embargo, etiquetar como terrorista a una entidad ficticia puede tener consecuencias muy reales. “Creo que pretende decirle a Maduro: ahora eres terrorista y podrías acabar como Bin Laden”, explica Gunson. Es a la vez amenaza y pretexto legal para una eventual operación de cambio de régimen, una aventura militar que sería delirante, pero que cada día parece más cercana.
Nadie sabe si mañana empezaremos a bombardear Caracas, pero los indicios se acumulan. Desde hace meses, la Marina y la Guardia Costera estadounidenses ejecutan presuntos narcotraficantes venezolanos en alta mar, sin juicio ni publicidad. El Gobierno lo justifica alegando que EE. UU. está en “conflicto armado” con los cárteles. Ahora parece dispuesto a extender ese conflicto al Estado venezolano.
El portaaviones más grande de la flota, el USS Gerald R. Ford, llegó recientemente al Caribe en el mayor despliegue desde la crisis de los misiles de 1962. La semana pasada, según informó este diario, Trump autorizó operaciones encubiertas de la CIA dentro de Venezuela. Varias aerolíneas han cancelado vuelos tras una alerta de la FAA sobre el “deterioro de la seguridad”.
Y, aun así, el país no parece estar en vísperas de guerra. Venezuela apenas aparece en el debate público. Solo uno de cada cinco estadounidenses dice haber oído hablar mucho del tema, según la última encuesta CBS/YouGov. Las explicaciones oficiales son tan superficiales que hacen que los argumentos para invadir Irak parezcan un ejercicio de rigor académico.
El Gobierno alega que todo obedece al tráfico de drogas, pero el fentanilo que mata a decenas de miles de estadounidenses al año no pasa por Venezuela ni se fabrica allí. El país sí es ruta de cocaína, pero principalmente hacia Europa. La guerra antidroga huele a pretexto.
Entonces, ¿pretexto para qué? Analistas y fuentes en Washington apuntan a varias motivaciones que coexisten en una coalición inestable. Marco Rubio, secretario de Estado y asesor de seguridad nacional interino, impulsa la línea dura: derrocar a Maduro sería un golpe simbólico contra Cuba, donde nacieron sus padres. Otros halcones preferirían bombardear a los cárteles mexicanos (de donde sí llega casi todo el fentanilo) y ven en Venezuela un sustituto aceptable para “mandar mensaje”. A Trump, según quienes lo conocen, le seduce la idea decimonónica de convertir el hemisferio occidental en su esfera de influencia. Y, claro está, Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, dejó caer la semana pasada en Fox News que “si pasa algo en Venezuela, los precios del crudo podrían bajar bastante”.
Que solo podamos especular sobre los motivos reales subraya lo extraño del momento. Siete de cada diez estadounidenses rechazan una intervención militar, según la misma encuesta. El propio Trump prometió en campaña no meter al país en guerras inútiles, y figuras como Rand Paul advierten que atacar Venezuela fracturaría la base MAGA. Quizá por eso el debate público ha sido mínimo: la idea es tan absurda que la mayoría no cree que pueda ocurrir de verdad.
Gunson cree que la Casa Blanca esperaba que la presión máxima provocara la huida o el derrocamiento interno de Maduro, cálculo siempre ilusorio. “A menos que haya una escalada militar real, Maduro no va a pensar que no es un farol”, dice. Si el analista acierta, aún cabe que Trump negocie, declare victoria y se retire.
Pero también teme el escenario contrario: “Han creado una guerra ficticia y han llegado tan lejos que ahora sienten que tienen que hacerla real”.



