El evento del 6 de diciembre de 2025 en el Zócalo de la Ciudad de México, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, no solo conmemoró los siete años de la Cuarta Transformación, sino que se convirtió en un termómetro de las dinámicas internas de Morena y el gobierno federal. Según reportes oficiales, la plaza albergó a unas 600 mil personas, un récord que Sheinbaum presumió en su discurso de una hora, destacando logros como la reducción del 34% en homicidios, el aumento del 154% en el salario mínimo desde 2018 y la creación de 551 mil empleos formales este año. Primero, antes de presumir logros, reclamó como propiedad de Morena a la Generación Z, ahí se sintió dolor.
Todos invitados a la fiesta
La mandataria enfatizó la «justa medianía» como principio ético, advirtiendo que no hay justificación para lujos entre funcionarios de la 4T, y lanzó un mensaje desafiante a la oposición: «No vencerán al pueblo ni a su presidenta». El templete incluyó a gobernadores de todo el país, miembros del gabinete como Marcelo Ebrard y Omar García Harfuch, y líderes sindicales del SNTE, quienes ocuparon filas privilegiadas. Fotografías y videos capturaron un ambiente festivo, con mariachis, bailes regionales y consignas de apoyo, pero también revelaron tensiones logísticas: la apresurada reubicación de contingentes para llenar vacíos y la infiltración de turistas en shorts para evitar tomas vacías en las cámaras. En redes sociales, el evento generó miles de publicaciones de respaldo desde estados como Sonora, Quintana Roo y Yucatán, con gobernadores como Víctor Castro y Huacho Díaz Mena posando junto a Sheinbaum. Este mitin, transmitido en vivo por canales como Canal Once y MVS Noticias, reforzó la narrativa de unidad popular frente a críticas por supuesta desinformación opositora.
El juego de las sillas
En el corazón del Zócalo, donde la historia mexicana se entreteje con la política cotidiana, el arreglo de sillas se erigió como un tablero de ajedrez silencioso. La primera fila, ese bastión de privilegios, reservó asientos para los regresos estelares: Adán Augusto López Hernández, el eterno tabasqueño, estrechó la mano de Sheinbaum con la firmeza de quien sabe que las rachas políticas no son casuales. A su lado, Andrés Manuel López Beltrán, hijo del fundador de la 4T, recibió un abrazo presidencial que borró nueve meses de sombras, mientras Alejandro Esquer, el operador discreto, observaba con una sonrisa que delataba reconciliaciones forjadas en pasillos de Palacio. Esta coreografía no fue improvisada; reflejó un equilibrio delicado, donde la lealtad se mide en metros de distancia al templete.
¿Regresos triunfales?
Adán Augusto López, ese titán de las sombras que operó la transición fiscal y ahora la Fiscalía con Ernestina Godoy al frente, ¿emergió del fondo como un fénix guinda? Su paciencia en la segunda fila, mientras Sheinbaum apapachaba a la multitud, no era resignación, sino cálculo: días atrás, la salida de Alejandro Gertz Manero de la FGR al parecer allanó su camino de regreso. Junto a él, los López desfilaron como rockstars, atrayendo selfies de gobernadores que veían en ellos no solo herederos, sino garantes de la continuidad. Esta tríada, rezagada desde marzo de 2025 por esa foto infame donde le dieron la espalda a la presidenta, simboliza la dialéctica de la 4T: caídas y resurrecciones que fortalecen el núcleo duro, recordando que en Morena, el exilio interno es temporal, pero la memoria, eterna.
Relegados al fondo
Mientras los regresados brillaban, el coordinador de diputados Ricardo Monreal y el vicepresidente de la Mesa Directiva, Sergio Gutiérrez Luna, languidecían en el fondo, aplaudiendo de pie como extras en su propia obra. No fueron convocados ni a la antesala, ni a los lugares de honor; su ausencia en el VIP del pasillo frente al templete era un fuerte grito sobre las fracturas en San Lázaro. Monreal, el zacatecano astuto que ha navegado tormentas, vio cómo su influencia se diluía en la periferia, ¿un castigo velado por el desdén mal disimulado? Gutiérrez Luna, fiel a la ortodoxia, compartió el ostracismo, un recordatorio de que en la era Sheinbaum, la lealtad no basta: se exige alineación absoluta, y el fondo del Zócalo es el purgatorio de los que dudan.
Tercera fila: los olvidados
Más allá de los leales y los marginados, un tercer bloque albergó a los verdaderos exiliados: Tatiana Clouthier, la exsecretaria de Economía con aroma a renovación; Santiago Nieto, el fiscal destituido que aún susurra desde las sombras; y César Yáñez, el operador de campañas que en marzo de 2025 posó en esa foto maldita. Relegados a distancia de templete, su posición no fue casual: el SNTE, con su músculo sindical, irrumpió media hora antes para copar las primeras filas, empujándolos al olvido. Esta maniobra logística, desesperada por llenar vacíos ante las cámaras, coló hasta turistas en shorts guinda, un contraste grotesco que expuso la fragilidad de la unidad aparente. En política, la tercera fila no es neutralidad; es exilio disfrazado de apoyo.
Gobernadores en el centro
Los abrazos presidenciales a los gobernadores presentes —de Víctor Cossío en sudadera fresca a Américo Villarreal despojándose de su cuera tamaulipeca— delinearon el federalismo de la 4T como un tapiz de lealtades regionales. Marcelo Ebrard, en chamarra colegial azul, optó por discreción cromática, mientras Omar García Harfuch, el guardián de la seguridad, posaba para selfies con gobernadoras, consolidando su ascenso. Esta comunión no fue solo protocolar: en un año de reformas constitucionales y presupuestos federales, los mandatarios estatales emergieron como pilares, recordando que la 4T no es centralista por decreto, sino por afinidad. El Zócalo, así, se convirtió en foro de pactos tácitos, donde un abrazo pesa más que un decreto.
600 mil voces contra la «desinformación»
Ante 600 mil almas —cifra oficial que Sheinbaum blandió como espada, aunque el Zócalo se llena con menos de 300 mil—, el mitin trascendió lo partidario para erigirse en baluarte contra la «minoría que augura desencanto». Luisa María Alcalde, dirigente de Morena, tuiteó desde el VIP: «Ahí donde una minoría augura malestar, la gente responde con amor y dignidad», un eco de la narrativa sheinbaumista que contrapone el pueblo a la élite opositora. La logística, con vallas y bloques VIP, evitó el «corralito» de eventos pasados, permitiendo que Sheinbaum cruzara miradas y manos con la base. Esta masividad, alimentada por caravanas estatales y redes sociales, no solo llenó la plaza, sino que blindó el discurso contra críticas: en tiempos de polarización, la multitud es soberanía hecha carne, un antídoto a las encuestas que murmuran fatiga transformadora.
Reformas en el horizonte
El presídium, con su mezcla de gobernadores y legisladores, proyectó una San Lázaro alineada, pero el fondo reservado a Monreal y Gutiérrez Luna susurró dudas sobre las reformas pendientes. Monreal, aplaudiendo menciones a la judicial, vio su rol como coordinador eclipsado por la racha de Adán Augusto. Este evento, en vísperas de sesiones clave, insinuó que la 4T profundizará su agenda: pensiones universales, trenes y soberanía, todo bajo el manto de la «justa medianía» que Sheinbaum invocó para desarmar acusaciones de nepotismo. En el Zócalo, las sillas no solo sentaron cuerpos; acomodaron futuros legislativos, donde probablemente los regresados dictarán el ritmo.
Una 4T en modo continuidad
Al cerrar 2025 con mariachis y consignas, Sheinbaum no solo celebró siete años, sino que tejió el puente a 2027, año de elecciones intermedias. El abrazo a López Beltrán, centro de selfies, selló la dinastía tabasqueña como eje de sucesión, mientras los relegados rumian estrategias en las sombras. Esta coreografía zocalera, lejos de la foto de marzo, evidencia una Sheinbaum empoderada: paciente en saludos, firme en mensajes, soberana en arreglos. La 4T, así, no envejece; se reinventa, con el pueblo como testigo y las sillas como veredicto. En México, donde la política es teatro, el telón del Zócalo subió con aplausos, pero el guion promete más actos de intriga y lealtad.
