Santiago, Chile.- Gabriel Boric, el presidente más joven de la historia de Chile, se despide de La Moneda el 11 de marzo de 2026 tras un mandato marcado por la frustración de las expectativas transformadoras y la consolidación de un giro político hacia la derecha más dura. En tres extensas conversaciones con El País Semanal, realizadas antes y después de la contundente victoria de José Antonio Kast, Boric reflexiona sin autocompasión ni épica sobre su paso por el poder, la derrota electoral de la izquierda y el futuro de sus ideas.
En su despacho, entre vinilos de Leonard Cohen y Pink Floyd, una gráfica en memoria de los desaparecidos de la dictadura y una inesperada figura de la Virgen María —regalo de su madre creyente—, Boric recibe a los periodistas. El espacio, testigo de la historia chilena desde el bombardeo del 11 de septiembre de 1973, será ocupado en pocas semanas por Kast, el primer presidente declarado admirador de Pinochet desde el retorno a la democracia.
A sus 40 años, Boric rechaza los rótulos de “joven promesa” o “nueva izquierda”. “La juventud no es una virtud”, dice tajante. “Yo no busco ser nuevo. Lo que busco es ser coherente”. Esa coherencia, según él, se ha traducido en transformaciones concretas —la reducción de la jornada laboral a 40 horas, el mayor aumento del salario mínimo en dos décadas, impuestos a las grandes mineras, una reforma parcial al sistema de pensiones y el Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados— aunque reconoce que fueron “menos heroicas” de lo que muchos esperaban.
El proceso constituyente, tanto el primero (rechazado en 2022) como el segundo (impulsado por la derecha y también rechazado), marcó profundamente su gobierno. Boric admite la frustración por la falta de diálogo y ve en esos rechazos una sabiduría popular: “El pueblo de Chile fue muy sabio en rechazar ambos textos, porque en ambos procesos quienes tuvieron mayoría trataron de negar a quien era minoritario”.
La derrota electoral de diciembre de 2025, con Kast obteniendo el 58 % frente al 42 % de la comunista Jeannette Jara, la atribuye principalmente a la demanda de orden y seguridad que la izquierda no logró representar de manera creíble. “La esperanza se frustró y surgió una suerte de escepticismo con la política como entidad transformadora”, analiza. “Hoy la derecha logró movilizar el miedo al otro, a la delincuencia, a la precariedad económica”.
Insiste en que la política democrática no es de heroísmo sino de consistencia y resultados reales. “Si la calidad de vida no mejora, es irrelevante”, sentencia.
Duda permanente y estándares universales
Boric repite una frase de Camus que se ha convertido en su lema: “La duda debe seguir a la convicción como una sombra”. Esa duda, dice, lo ha llevado a mantener intactas sus convicciones de izquierda mientras se muestra flexible ante la realidad. Critica con dureza a los gobiernos de Venezuela, Nicaragua y Cuba —a los que califica sin ambages de dictaduras— y defiende la misma vara de medir para juzgar violaciones a los derechos humanos, sea en Palestina, Ucrania o la dictadura de Pinochet.
También habla con naturalidad de su internación voluntaria en 2018 por un trastorno obsesivo-compulsivo y de la importancia de desestigmatizar la salud mental. “Si me hubiese quebrado la rodilla, nadie cuestionaría la operación. Pero si tengo un trastorno que se trata con química, dicen: ‘Este loco está inhabilitado’”.
Boric no habla de legado ni se proyecta en tercera persona. Afirma que entrega “un país en forma” después de haber recibido uno quebrado en lo social y emocional. Tras el 11 de marzo, no quiere cargos internacionales ni ser comentarista inmediato del gobierno entrante. Planea un tiempo de distancia, volver al trabajo de base, fortalecer el vínculo territorial de la izquierda y construir una alianza amplia entre izquierda, centroizquierda y centro.
No cierra la puerta a un eventual regreso —la Constitución lo permite tras un período fuera del poder—, pero tampoco lo menciona. Lo único claro es que seguirá siendo un político inconformista. “Siempre que se llega a una meta, inmediatamente surge la siguiente”.
Las paredes que escucharon a Leonard Cohen y los discursos de Allende ahora albergarán otra mirada sobre Chile. Boric, por su parte, se lleva sus vinilos, su duda permanente y la certeza de que la política, aunque lenta y llena de frustraciones, “sí puede cambiar el mundo”. Pero solo a largo aliento.(Con información del artículo publicado por El País Semanal, diciembre 2025 – enero 2026, de la autoría de Javier Lafuente).