Rangún, Birmania.- La pomposa inscripción en la entrada de la Academia de los Servicios de Defensa de Birmania, que proclama a sus cadetes como la élite triunfante del futuro, hoy suena a sarcasmo. En la ciudad de Pyin Oo Lwin, corazón militar del país, los futuros oficiales ya no se pavonean por las calles; permanecen enclaustrados en sus campus, bajo la sombra de ataques con cohetes lanzados por rebeldes desde las colinas. La realidad de una nación que hace una década prometía ser un faro de apertura democrática se ha transformado en el conflicto más fracturado y violento del planeta, donde el miedo es el único lenguaje universal.
Desde el golpe de Estado de 2021, la junta militar ha sumido a Birmania en una guerra civil encarnizada. Lo que los generales denominan una democracia disciplinada no es más que un régimen de terror que consume tanto a los opresores como a los oprimidos. La población civil vive en un estado de parálisis permanente, acechada por campañas de bombardeos y la quema sistemática de aldeas. Según el observatorio ACLED, Birmania se convirtió el año pasado en la nación más afectada por conflictos en el mundo, solo superada por los territorios palestinos. El terror se manifiesta en las miradas esquivas, en los teléfonos celulares que se limpian de cualquier mensaje comprometedor ante los puestos de control y en el llanto contenido de quienes han perdido todo bajo el fuego aéreo.
Sin embargo, el miedo no es exclusivo de los civiles. Los propios militares están aterrados. Los oficiales han desaparecido de la vida pública para evitar ser blanco de las milicias prodemocráticas que han jurado vengar el golpe. Incluso las élites económicas que prosperaron bajo el ala castrense han comenzado a huir hacia refugios internacionales como Dubái, temiendo tanto las represalias rebeldes como las purgas internas de los generales.
A pesar de los esfuerzos de la junta por proyectar estabilidad mediante elecciones manipuladas a principios de este año, la violencia no cesa. Los ataques aéreos han alcanzado cifras récord, golpeando deliberadamente escuelas, hospitales y centros religiosos. Mientras los portavoces militares niegan ataques contra civiles, las ruinas de centros preescolares en regiones como Anyar cuentan una historia distinta. Allí, entre escombros y juguetes carbonizados, el pueblo de Birmania espera un final que no parece llegar, atrapado en un ciclo donde la supervivencia depende de no ser visto.
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