La guerra actual entre Irán y la coalición liderada por Estados Unidos e Israel representa una de las escaladas más graves en la historia reciente del Oriente Medio. Iniciada el 28 de febrero de 2026 con la operación conjunta denominada «Epic Fury» (por parte de EE.UU.) y «Roaring Lion» (por Israel), este enfrentamiento ha entrado en su segundo semana —hoy, 7 de marzo de 2026, marca el décimo día de hostilidades abiertas—. En estos diez días de conflicto, se han registrado bombardeos masivos contra instalaciones nucleares, bases militares, infraestructuras críticas, centros de mando y liderazgo político en territorio iraní. Irán ha respondido con oleadas de misiles balísticos y drones contra Israel y bases estadounidenses en países del Golfo como Bahréin, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. El saldo humano es devastador: según el embajador iraní ante la ONU, al menos 1,332 civiles han muerto en ataques de la coalición, con miles de heridos; en Israel, se reportan alrededor de 11 fallecidos por represalias iraníes, y seis miembros del servicio estadounidense han perdido la vida. La coalición justifica sus acciones como necesarias para neutralizar el programa nuclear y de misiles iraní, destruir su capacidad naval y promover condiciones para un cambio de régimen, mientras Teherán denuncia una agresión ilegal que viola la soberanía y el derecho internacional.
Las raíces del conflicto se remontan a décadas de hostilidad, pero la cronología reciente revela una progresión acelerada hacia la guerra abierta. En abril y octubre de 2024, Israel e Irán intercambiaron ataques directos por primera vez en su historia, marcando el fin de la confrontación exclusivamente por aliados. Estas acciones respondieron a tensiones derivadas del apoyo iraní a grupos como Hamás y Hezbolá durante el conflicto en Gaza. El punto de inflexión llegó en junio de 2025 con la llamada Guerra de los Doce Días: el 13 de junio, Israel lanzó una ofensiva masiva contra instalaciones nucleares y militares iraníes, incluyendo Natanz e Isfahán, matando a altos mandos de la Guardia Revolucionaria. Irán respondió con cientos de misiles y drones contra ciudades israelíes. El 22 de junio, Estados Unidos intervino bombardeando sitios nucleares clave como Fordow, Natanz e Isfahán, con el presidente Donald Trump afirmando que el programa nuclear iraní había sido «totalmente obliterado». Un alto el fuego se alcanzó el 24 de junio, pero las inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica no se reanudaron, y las tensiones persistieron.
A lo largo de 2025 y principios de 2026, las negociaciones nucleares indirectas entre Washington y Teherán colapsaron. En enero de 2026, masivas protestas internas en Irán —reprimidas con dureza— coincidieron con amenazas explícitas de Trump de intervención militar. A pesar de breves rondas de diálogo en febrero, la AIEA reportó avances en el enriquecimiento de uranio iraní, lo que precipitó la decisión de atacar. El 28 de febrero de 2026, casi 900 strikes en las primeras 12 horas destruyeron defensas aéreas, lanzadores de misiles y mataron al líder supremo Ali Jamenei, junto a decenas de altos funcionarios, incluyendo comandantes de la Guardia Revolucionaria. Este decapitación del régimen fue seguida por ataques iraníes que alcanzaron bases estadounidenses y objetivos en Israel, extendiendo el fuego a Líbano (donde Hezbolá intensificó ataques) y otras zonas.
Voces en Medio del Caos
En el décimo día del conflicto (7 de marzo de 2026), las narrativas divergen drásticamente. El presidente Trump ha intensificado su retórica, declarando en Truth Social que Irán «será golpeado muy duro hoy» y considerando «destrucción completa» para áreas y grupos previamente no eran objetivos, mientras exige una «rendición incondicional». El presidente iraní Masoud Pezeshkian rechazó esta demanda como «un sueño» y anunció una suspensión temporal de ataques a países vecinos (salvo si provienen de allí), pidiendo disculpas a estados del Golfo por daños colaterales, aunque prometió continuar contra objetivos estadounidenses. Residentes de Teherán describen explosiones constantes, cortes casi totales de internet (al 1% de tráfico normal) y pánico ante sirenas antiaéreas. Israel afirma haber logrado «casi completa superioridad aérea» sobre Irán, destruyendo más del 80% de sus defensas aéreas y gran parte de su capacidad de misiles (reducción del 90% en ataques balísticos según CENTCOM). Expertos destacan la dinámica de superioridad tecnológica de la coalición versus la resiliencia asimétrica iraní con drones baratos que saturan defensas. La muerte de Jamenei ha generado incertidumbre sobre la sucesión, con ataques continuos contra figuras clave.
El impacto humanitario y económico es catastrófico. En Teherán y otras ciudades, los residentes enfrentan escasez de alimentos, servicios colapsados y escenas de humo y destrucción. Ataques colaterales, como el impacto en una escuela de niñas en Minab (más de 160 muertos en los primeros días), han generado condenas internacionales y acusaciones de crímenes de guerra. La economía global tiembla: el Estrecho de Ormuz permanece bajo amenaza, elevando precios del petróleo y afectando rutas comerciales. Países del Golfo sufren daños en infraestructuras energéticas, mientras milicias aliadas responden en Irak, Siria y Líbano.
Desde una perspectiva periodística, el conflicto ilustra cómo fallidas diplomacias y percepciones de amenaza existencial llevaron a un enfrentamiento directo. Con Trump prometiendo más ataques e Irán rechazando rendición en esta segunda semana de guerra, el riesgo de una conflagración más amplia persiste, amenazando la estabilidad global.



